una palabra tuya
31 Agosto 2008
Hola amigos
Hoy la gente llega a su casa y se pregunta “¿cómo es posible que pase el tiempo tan rápido?”. Porque al menos a mí cada año que pasa me da la sensación de que corre más. Al final va a tener razón mi abuela, que me decía, cuando aún podía hablar, “Bonico, aprovecha y disfruta, que parece que la vida es muy larga pero qué va, es muy corta, que a mí ya se me ha pasado y ni cuenta me he dado”
Comenzamos septiembre con ilusión y ganas, con fuerza. Os dejo parte de una entrevista que le hice mi admirada Ángeles González-Sinde y os animo y exhorto a que, en la medida de lo posible, vayáis al cine a ver su película. Si queréis podéis comentar algo sobre lo que dice. Mi amigo Nacho suele decir que la gente (en general) es poco solidaria con los artistas. Yo creo que tiene razón
Estos días Ángeles González Sinde estrena Una palabra tuya, su segunda película, la trágica, tierna y emotiva historia de dos barrenderas adorables y sensibles cuyos destinos se cruzan y descruzan, una historia que ya nos había contando, si bien en el plano literario, la escritora Elvira Lindo, autora de la novela homónima.
Ahora, desde hace dos años, Ángeles ejerce también como flamante Presidenta de la Academia de Cine. Y aún así le queda tiempo para cocinar, leer cuentos a sus hijas y estar sonriente y relajada, siempre amable, en los múltiples actos a los que se ve obligada a acudir. Nos recibió en su casa, un chalet diáfano y modernista de gran jardín y varias plantas en el que vive junto a su familia.
Hace muy poco leí un reportaje en el ABC que contaba lo difícil que era ser directora de cine en los tiempos actuales. Que las mujeres en ese campo no llegan ni al diez por ciento. Se podían leer declaraciones de otras directoras que se quejaban de lo difícil que tenían las cosas por el hecho de ser mujeres.
Mi opinión es que la industria del cine es muy injusta con todo el mundo, que tanto a hombres como a mujeres les resulta dificilísimo sacar los proyectos adelante. Sin embargo, sí creo que hay un punto de autocensura o autocrítica, que las mujeres deberían animarse más con la dirección de cine. Hay muy pocas directoras de cine entre las nuevas generaciones. También hay menos mujeres en la universidad. Es preocupante, por supuesto, porque ello hace que el espectador tenga una imagen de la sociedad poco realista, que la mujer siga interpretando personajes secundarios la mayoría de las veces, que las actrices sigan estando muy condicionadas por su físico. Habría que reflexionar más sobre estas cuestiones de género en el cine.
Pero, ¿lo tienen más difícil las mujeres que los hombres?
En general es muy difícil ser artista y ser mujer al mismo tiempo. Por los hijos y por la sociedad. Resulta mucho más complicado, por cultura y educación, que las mujeres podamos alcanzar ese nivel de necesario ensimismamiento, ese aislarte del resto del mundo para que tu prioridad sea tu carrera. El hombre suele preocuparse mucho menos de los asuntos domésticos porque ya hay quien se ocupa de ellos, normalmente sus mujeres. Además, la sociedad y la cultura no nos prepara para el egoísmo, y el egoísmo bien entendido es una parte fundamental de la carrera de artista.
¿Es necesario ser egoísta?
Sí, porque en realidad todo el entorno viene a decirte: “Bah, tu manuscrito no es interesante”, “Bah, tu proyecto no vale nada, tu cuadro es prescindible, tu poema no es para tanto…”. Todo te desanima y tú estás solo, eres tú el que tiene que ir a vender tu obra, llamar a mil puertas. Todo eso requiere mucha energía y mucha dedicación a uno mismo. Y hay veces que necesitas perder el tiempo sin hacer nada, estar tumbado en el sofá pensando en las musarañas porque, a veces, de ese aparente vacío es de donde surgen las ideas.
¿La gente comprende a los artistas?
A veces tu entorno dice “pues mira, está ahí sin hacer nada” y no, no te comprende, por lo que acabas por no comprenderte tú. Y entonces te agobias y piensas que hay que ponerse las pilas y hacer esto o aquello. A las mujeres sobre todo nos resulta muy difícil disponer de ese tiempo que necesario para investigar en uno mismo, un tiempo que es importantísimo pero del que no surge un resultado concreto e inmediato que beneficie a toda la familia.
En una entrevista abierta a comentarios que le hicieron en el diario Público, un lector se mostraba muy indignado por la defensa que usted hizo de las subvenciones para el cine. Entre otras cosas, decía: No contenta con subvenciones, cánones, cuotas de pantalla, producciones forzadas, etc… ¿qué le falta? ¿Que tripliquen los impuestos a quienes no demuestren ver cuatro pelis españolas al mes a 15€?
Yo no leo blogs ni críticas en foros de internet porque verdaderamente me afectan y porque me chupan mucha energía. La gente que escribe se refugia en el anonimato y dice cosas que nunca dirían en persona.
Pero parece que la gente está en contra de las subvenciones públicas para el cine.
El problema es que hay muy mala información, y eso que las subvenciones son datos públicos a los que puede acceder cualquier persona. Hay grupos mediáticos muy poderosos que tienen televisiones y, por tanto, intereses en lo audiovisual. De ahí que se manipule la información y que muchas veces las opiniones que los periodistas dicen o escriben sobre el tema no sean limpias, generando corrientes de información falsa. El presupuesto público del Instituto del Cine, que incluye absolutamente todo (Filmoteca Española, conservación del patrimonio cinematográfico español, promoción de Festivales, ayudas a la producción, etcétera) es el mismo que el del Museo del Reina Sofía. Pero nadie sabe del gasto que hay en museos, nadie protesta por esto ni lo cuestiona, como tampoco se cuestiona el dinero que va para las orquestas o la música clásica. Y me parece bien que no se cuestione: cumplen una utilidad. ¿Por qué los periodistas nunca hablan de que el papel de periódico está subvencionado y que supone la partida más importante del Ministerio de Cultura? La partida del cine es la más pequeña del Ministerio de Cultura, lo cual se puede comprobar fácilmente, aunque sea la única que parece preocupar a algunos periodistas.
¿Por qué sucede esto?
Todo lo relacionado con los cómicos, con el teatro, con el cine, ha sido históricamente un punto muy conflictivo. ¿Por qué? Pues porque el poder muchas veces ha estado en contra de una serie de creadores que tenían visibilidad y que calaban en la sociedad, gente que no se ha casado con nadie, gente de izquierdas o de derechas, porque en el cine ha habido, y hay, de todo. Pero es gente que va por libre, algo que no le gusta a los que ostentan el poder. Quizá por eso siempre ha habido animadversión hacia la farándula. Yo estuve en Argentina hace muy poco y quedé impresionada del respeto y la admiración tan grande que existe con los artistas. Allí les saludan de verdad, y saben bien quiénes son, no como aquí, que lo único que a veces quiere la gente es sacar una foto con el móvil a un personaje que han visto en la tele pero que, verdaderamente, no saben ni cómo se llama. Con todo, hemos mejorado, las cosas están cambiando, afortunadamente.
El bailarín insatisfecho
30 Agosto 2008
En la madrileña sala Gabana, lugar del encuentro, nos agolpábamos medio centenar de periodistas de los medios más variados (corazón, cultura, espectáculos, tele, radio, prensa). Esperábamos a Joaquín Cortés, quien, tras recibir un premio en Italia la noche de la víspera, acababa de aterrizar en Madrid. Era la presentación en rueda de prensa de la gira por “Mi soledad”, su último espectáculo, trece conciertos que el bailarín está ofreciendo este verano por trece capitales de nuestra geografía. Hacía mucho calor y el artista, que llegó solo y se sentó en medio de una larga mesa dispuesta en el centro de la sala, tenía el pelo corto y brillante, o mucho más corto de lo habitual en él. Su indumentaria consistía en una camisa estrecha, unos vaqueros ajustados y unas sandalias muy modernas. Se había perfilado la barba y sus ojos negros lo recorrían todo de un lado para otro con rapidez, como si desconfiaran de la situación. Joaquín Cortes estaba guapo, muy guapo, todo el mundo allí lo comentaba. Que si parecía mucho más joven de cuarenta años, que si la última vez que vino a España parecía mayor, que si tenía el cuerpo de un modelo de veinte, que si el pelo corto le sentaba mucho mejor…
A los pocos minutos, el artista tomó la palabra y comenzó a hablar, explicando primero que con “Mi soledad” lleva tres años dando vueltas por todo el mundo y que lo que él pretende es reflejar lo que es la soledad de los hombres, cómo un hombre puede aprender a convivir con su soledad. “Eso en la primera parte –dijo Cortés-. En la segunda viene la explosión gitana, la fiesta gitana. En la segunda parte se ve lo que es mi cultura, una cultura fusional, porque yo mezclo árabe con flamenco, baile clásico y moderno, jazz y danzas gitanas, y todo ello con una escenografía limpia, un decorado desnudo y minimalista. Yo siempre he pretendido innovar como artista, como chico rebelde, ya desde el principio, cuando hace veinte años salía al escenario vestido por diseñadores y aquello no lo entendía nadie”.
Más tarde, después de que Joaquín Cortés se extendiera todo lo que quiso y más sobre su espectáculo, tras la diligente toma de posturas sobre temas de interés profesional, se rompió el hielo. Comenzaron otro tipo de preguntas. Contó que se considera una persona muy pasional que vive al cien por cien el presente porque desconfía del futuro, que nunca ha pensado en tirar la toalla porque para él el baile y el espectáculo son algo así como un necesario espacio vital en el que desenvolverse. Echó la mirada atrás y dijo que consideraba que no había cambiado como persona en todo este tiempo, que había evolucionado y que por supuesto ya no era el hombre de veinte años que se moría por volar y por vivir, que se han ido cumpliendo sus sueños, uno a uno, pero que de alguna manera seguía viva la llama que sentía a los veinte años porque su historia de amor con la danza no había terminado en absoluto. A continuación, tras decir que pasaba de los críticos porque a él lo único que le importa es la opinión del público, el artista comenzó a enfadarse de forma más o menos sutil cuando alguien formulaba alguna pregunta que rozaba la difusa línea que separa la profesión de la vida privada. “No voy a contestar a eso, yo no hablo de mí”, decía, y luego, si alguien le replicaba y le argumentaba que a lo largo de todos estos años había hecho voluntariamente reportajes posados para revistas de corazón, él decía que no era verdad, negando así la realidad, haciendo que sus palabras perdieran toda credibilidad ante nosotros. En un momento dado tuvo Joaquín Cortés que enfrentarse a lo que más parece haberle dolido de nuestro país en todo este tiempo: el trato recibido por parte de que según qué medios, la persecución a la que, según él, se ha visto sometido por parte de los paparazzis (recuerden que el artista salió, en medio de un gran polémica, con Naomi Campbell, en momentos en que la top model era una de las modelos más cotizadas). Según él, sólo ahora se le comienza a respetar en nuestro país. “Yo he vivido –decía Cortés, en un tono que delataba un estado de rabia latente hacia la prensa de nuestro país- en Londres, por ejemplo, y allí hay fotógrafos pero jamás me han impedido tomar un café tranquilamente. Allí te piden permiso para pedirte una foto, algo que en España no me ha ocurrido hasta la fecha. El respeto es muy importante, y aquí se ha perdido muchas veces. En Nueva York o en Tokio me conocen, pero puedo caminar por la calle sin que nadie me moleste. En España no. Y sí, me gustaría vivir algún día en España. Sobre todo porque echo mucho de menos a mi familia y a mis amigos de toda la vida. Me gustaría vivir aquí algún día”. A muchos de los periodistas allí presentes nos hubiera gustado replicarle que eso no es así, que si en Londres no le hacen fotos es porque allí hay cien mil personas más conocidas que él, que él allí no goza de igual fama que aquí, y que los tabloides británicos son mucho más agresivos que cualquier revista del corazón de nuestro país, incluida el Cuore. Y que si no se lo creía que se lo preguntara a Kate Moss, modelo a la que sacaron en portada de un periódico esnifando una raya de cocaína en un lugar privado, algo que no ha sucedido jamás en suelo patrio. Pero Joaquín Cortés, todo hay que decirlo, destilaba narcisismo por todos los poros y, cuando alguna pregunta o contrapregunta no le gustaba, decía: “He venido a hablar de mi espectáculo”, y se limitaba a girar la cabeza, llevando su mirada altiva hacia otro lado, pasando por alto que eran su gabinete de prensa y él quienes habían hecho tan masiva convocatoria.
No le da ninguna lástima al que escribe que un artista como él no pueda tomarse una caña sin las miradas escrutadoras de los ciudadanos, sinceramente. Le hubiéramos podido decir además que la fama es un duende caprichoso que burla a los que la buscan y se apodera de quien ella desea y que, si él la tiene y le reconocen e interesa su vida privada en nuestro país, le dé a Dios gracias, pues de lo contrario nadie iría a ver sus espectáculos y, probablemente, tampoco hubiera triunfado en el resto del mundo. Le hubiéramos podido decir que no se quejara tanto porque, al fin y al cabo, conocemos a multitud de artistas muy buenos que darían lo que fuera porque alguien les interrumpiera un café de verano pronunciando su nombre. Porque la fama es sinónimo de reconocimiento por parte del público y, por ello y por otros motivos no por más sutiles menos importantes, todos (o casi todos) los artistas que prueban sus mieles luego no quieren dejar de probarlas. Ni siquiera Joaquín Cortés, por mucho que se empeñe en asegurar lo contrario y en culpar a los demás de cosas en las que no hay culpables. A la semana siguiente de la rueda de prensa compré el Hola porque, para mi sorpresa, Joaquín Cortés figuraba sonriente en la portada. Pero cuando de verdad mis ojos no daban crédito a lo que veían fue cuando abrí la revista y descubrí que el bailarín posaba a lo largo de las ¡20 páginas! que le dedicaba la publicación en una entrevista en la que no hablaba solo de su profesión o de la danza, precisamente. Venía a contar todo lo que no había querido contar en la rueda de prensa, como por ejemplo que, en estos momentos, no está enamorado: “No, no; ahora mismo estoy dedicado en cuerpo y alma a expresarme a través de la música y la danza. El día que llegue, no voy a sentir necesidad de jugar al escondite; cuando llegue, repito, llegará. Hombre, claro que sí, pero tiene que llegar cuando aparezca la persona que quiera compartir mi vida, quiera comprender mi vida y realmente le importe yo, no le importen la fama y el personaje, sino la persona”. Esto y mucho más declaraba Joaquín Cortés, el mismo que una semana antes se negaba de forma altiva a responder a periodistas que, educadamente, le preguntaban por cosas naturales e intrascendentes.
Truman
28 Agosto 2008
He adoptado un gato que se llama Truman. Tiene cuatro meses y es muy rubio. Ahora mismo, mientras Estrella le observa atentamente y yo escribo, Truman corretea de un lado para otro de la casa, curioso, investigándolo todo. Era yo un enano y ya sentía una extraña atracción por los gatos. A nadie de mi familia le gustaban, y mi padre, concretamente, los odia. Por eso consintieron que yo (que estaba muy mimado: ser el quinto hijo, el benjamín, es lo que tiene) tuviera tortugas, pollitos, patos, perros, ranas y conejos pero nunca, bajo ningún concepto, gatos. Por mucho que llorara y me empeñara: pronto comprendí que era imposible, que esa posibilidad, sencillamente, no existía. Y lo acepté. Me encantaban –y me encantan- casi todos los animales (las cucarachas no me gustan, pero todo se andará: los abejorros negros y peludos me hacen gracia desde que leí en El País el sentido y maravilloso artículo que le dedicó Ruth Toledano a su amigo Leopoldo Alas). Puede que tenga razón mi tía, que tiene un gato de quince años y me decía este verano “Curro, no se te ocurra, dan muchas complicaciones, es una atadura”, pero como yo digo: si casi todo el mundo tiene criaturas, ¿no puedo tener yo un gato? Además, mi tía me decía eso pero, en el fondo, yo sé, porque me lo ha dicho ella muchas veces, que los gatos han sido muy importantes en su vida. De hecho, cuando me desaconsejó que adoptara un gato, le dije:
–Tía, dime una cosa, y sé sincera. Tú has tenido varios gatos. ¿Han significado algo en tu vida?
Estábamos en la piscina y de repente se quedó callada, muy seria, pensativa, con la mirada perdida. Luego dijo:
–Hombre, cómo me preguntas eso, el gato –hablaba en singular, aunque ha tenido muchos– es una pieza fundamental de las que conforman mi vida.
Creo además, y no lo sé porque no he tenido nunca un gato –o sí lo sé, pero más por intuición que por experiencia- que existe un desconocimiento enorme acerca de los gatos, muchos prejuicios. Hay gente que tiende a compararlos siempre con los perros, poniendo a estos por las nubes y a los gatos por los suelos. Cuando, en realidad, no son comparables, es que no tienen nada que ver. Yo he tenido muchos perros y los he querido muchísimo. Por todos he llorado y con todos he reído. Pero no se me ocurriría caer en tópicos manidos como el de “los gatos son egoístas y los perros son los animales más buenos del mundo”. Egoístas somos todos y si los perros no lo son es porque no saben serlo o porque no se enteran de las cosas.
No sé si habéis leído Báilame el agua, maravillosa novela corta escrita por Daniel Valdés de la que, por cierto, Josetxo San Mateo (creo que se escribe así) hizo una bonita y triste película. En un momento de reflexión, su protagonista, piensa: “Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones”. Yo opino como David y, en estos momentos, prefiero a las personas gato que a las personas perro, por las mismas razones.
(luego pondré una foto, cuando cargue la máquina)
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pongo aquí una corta nota que me ha llegado de Los Verdes. ¡Qué cabrones!:
DÍA DEL ORGULLO ANIMAL CANCELADO POR AMENAZAS
Finalmente, los actos del Día del Orgullo Animal, preparados para el 30 y 31 de agosto, que incluia una manifestación la mañana del domingo, han sido suspendido a una semana de su celebración. La alcaldesa de Trigueros del Valle (Valladolid), población donde iba a celebrarse este evento, se ha visto obligada a suspender todos los actos convocados para ese día por la campaña de amenazas, coacciones y presiones ejercida sobre ella y sobre otros vecinos del municipio, por parte de los alcaldes de otros pueblos y de algunos ciudadanos de Tordesillas. El DOA era algo molesto para el mundo taurino y ha ejercido toda su fuerza para evitar que se celebre.
El DOA era una apuesta diferente, un festival cultural, ético y respetuoso con los animales y con el medio ambiente. Era una puerta abierta a la población en general, con charlas, vídeo-forums, talleres infantiles, teatro, música, mesas informativas. Numerosos medios de comunicación ya habían garantizado su presencia.
LOS VERDES lamentamos que en este país la libertad de expresión se vea coartada, cuando se trata de defender los derechos fundamentales de seres vivos, y no cuando se trata de violarlos, con crueles torturas.
Este acto había sido apoyado por numerosas organizaciones animalistas, muchas de ellas relevantes, como Fundación Altarriba, AnimaNaturalis, Equanimal, FAADA, Ecologistas en Acción de León, Proyecto Gran Simio – entre otras -, incluida la Asociación Parlamentaria en Defensa de los Derechos de los Animales y Los Verdes.
aquí un galán, aquí un actor
28 Agosto 2008
Cuando Jorge Sanz comenzó a tener éxito y a encadenar una película con otra, allá por la tierna y añorada primera juventud, se compró una casa en la calle Hortaleza de Madrid y se decidió a vivir la vida. Al fin y al cabo, gozaba de los tres ingredientes de la felicidad: salud, dinero y amor. Era joven y fuerte, las mujeres no le faltaban (recuerde que en aquella época Jorge Sanz no era solo uno de los actores más famosos sino que atraía a las féminas como la miel a las abejas) y si bien no poseía tanto como un multimillonario maharajá sí que había acumulado en unos años bastante más de lo que muchos de su generación aspirarían a ganar en una década. Aunque se supone que él era plenamente sabedor de su apariencia personal, su atractivo y su carisma, sin embargo, no resultaba en absoluto un ser narcisista. Siempre actuaba según sus propias reglas y las veces que no rodaba llegaba a hacer, como él mismo reconoce, “cañas cuatro veces al día”. Le encantaba estar con los colegas, relacionarse con todo tipo de gente nueva, llevar una vida muy viva, un poco loca y desordenada en la que él se desenvolvía feliz. A veces le agobiaba un poco el reconocimiento del público pero nunca, bajo ningún concepto, tenía una mala palabra para ningún seguidor/a que se le acercase. No iba de discotecas porque no le gustaba (ni le gusta) bailar pero de bares, ¡uy!, de bares todo lo que hiciera falta, y encantado. Pero hay quien dice que la vida son etapas como círculos que se suceden, ciclos que se cierran cuando tienen que cerrarse, y el de Jorge Sanz como joven ligón, rebelde y juerguista se cerró hace ya algunos años. Hace cinco formó una familia, tuvo un hijo y decidió que lo idóneo para el desarrollo del crío no era la estrecha y céntrica calle Hortaleza, por muy moderno que fuera el barrio y por muy bien que se lo hubiera pasado en él. Decidió que más le valía cambiar de aires, que ya era hora de optar por una vida alejada del a veces insoportable caos que gobierna en el centro de la capital (fuente incesante de tentaciones, por otra parte). Reformó una casa perdida que encontró (y compró) en el monte de Torrelodones, la decoró a su gusto, se compró un proyector con el que disfrutar de las películas y adoptó a Luna, un perro que hoy es muy grande y muy simpático. Y allí se trasladó a vivir con su hijo, quien crece feliz en la algodonada tranquilidad de una ciudad más pequeña que queda a media hora de la capital. Ahora, cuando aún le falta más de un año para cumplir los cuarenta, le gusta ver el tiempo pasar junto a su hijo, jugar con él e incluso ver películas de dibujos animados en el cine. También disfruta con la moto, haciendo deportes de montaña y montando en bicicleta.
De hecho, cuando Jorge llegó a la estación de Torrelodones donde se había citado con el periodista, iba en bicicleta.
–¿Tú eres el periodista? ¡Lo siento, tío, de verdad! Es que se me ha ido la pinza – Jorge se deshacía en excusas y parecía muy apurado–. Yo no quería llegar tarde… ¿Vamos a mi casa a hacer la entrevista? Está ahí detrás de la estación, no tardamos ni cinco minutos.
El periodista y el actor (éste caminando junto a su bicicleta) se adentraron por un camino sinuoso y estrecho que, efectivamente, se escondía al otro lado de la estación y desembocaba en el santuario de paz del actor. Jorge vestía informal con unos pantalones anchos y una camisa gastada en tonos claros. Unas gafas muy oscuras le tapaban los ojos y, mientras hablaba, el periodista sentía que el que le contaba cosas no era un hombre normal, un conocido cualquiera, sino alguien muy vivido, alguien que acumula más historias de las que cabrían en una novela. Había llegado a Torrelodones la noche de la víspera, muy tarde, tras unos días de rodaje en Córdoba bajo las órdenes de Antonio Gimenez Rico. Se trata de una película ambientada en la postguerra española en la que Jorge da vida a un maqui que se pasa las noches y los días pegando tiros por el monte. Pero esta película, que llegará en unos meses a los cines de toda España, no es la última en la que el actor ha participado. La última, aún en algún cine, se llama Rivalesy se trata de una alocada comedia sobre la competencia en el mundo del fútbol infantil en la que él interpreta a un padre un tanto macarra. Una película que, al ser dirigida por Fernando Colomo y escrita por Joaquín Oristrell, se esperaba fuese un éxito de taquilla.
–Lo de que una película sea un éxito o no lo sea es muy difícil de predecir –Jorge hablaba de Rivales, que aún no se había estrenado en el momento de la conversación–. La gente tiene sus gustos, pero estos gustos nunca se pueden saber por adelantado. Yo confío mucho en Colomo y en Oristrell y creo que la película es muy divertida y que va a gustar mucho. Aunque, a estas alturas, no estoy seguro de nada.
Y no, no lo ha sido. Rivales no ha sido un éxito pese a que, por supuesto, en hipótesis podría haber roto todas las taquillas. Aún así, de triunfos sabe mucho Jorge Sanz, que protagonizó en su día películas tan memorables y celebradas como Amantes, de Vicente Aranda o Belle Epoque o La niña de tus ojos, estas últimas de Fernando Trueba. Entre otras muchas, porque la filmografía de Jorge Sanz es tan extensa que podría provocar la admiración de cualquier estudiante de arte dramático: no ha cumplido los cuarenta y ha participado en casi cincuenta películas. A lo largo de todos estos años, desde los nueve que debutó en el cine hasta el más vivo presente, Jorge Sanz ha pasado por altibajos profesionales pero nunca, nunca, ha dejado de hacer cine o televisión o teatro. Cuando el periodista le preguntó qué tal se convive con las inseguridades propias del oficio, respondió:
–Asumes que es una carrera con altibajos, un oficio en el que si estás arriba del todo piensas que lo que haces gusta mucho. Por el contrario, cuando bajas te da la sensación de que ya no vas a gustar nunca más a nadie. A lo largo de una carrera dilatada tienes muchas subidas y bajadas, por lo que llegas a comprender que no puedes depender de eso ni echarle tanta cuenta, que tienes que tener tu vida al margen de tu oficio, que tu vida verdadera no es hacer cine sino otras cosas más importantes. Y te sientes mejor.
–Entonces, ¿se pasaron ya los miedos?
–Miedo a quedarte sin trabajo en un oficio como el de actor se tiene siempre. Uno vive con previsión económica para un año, más o menos. Y, después de eso, ¿qué? También es verdad que hay que tener paciencia, saber esperar. Yo he aprendido a tener paciencia. Y tengo la inmensa fortuna de que la gente me conoce, me pone cara y sabe mi nombre, por lo que es muy difícil que me sucediera algo así.
Y es que no es fácil que la gente que te reconoce por la calle merced a tu popularidad conozca, además, cuál es tu nombre. La fama de la tele, como dijo Jorge, es muy efímera. “Es muy bueno, buenísimo, que ahora existan series de televisión. Antes, cuando sólo existía La Primera, éramos cuatro gatos, siempre los mismos, y el oficio de actor estaba mal visto, como marginal, era una cosa muy rara en aquella época. Ahora con las televisiones no solo se han normalizado este trabajo sino que las posibilidades de actuar son mucho mayores. Eso sí, la fama de la tele es efímera. Hoy puedes ser muy popular y que mañana nadie se acuerde de ti”, explicaba el actor mientras bebía a sorbos lentos un zumo de naranja y apuraba el tercer cigarrillo. Luego le recordó a su novia (una joven periodista muy mona cuyo nombre no vamos a escribir aquí pues Jorge, como la mayoría de los actores, es muy celoso de su vida privada o íntima), y ya de paso al periodista, que tenían pendientes unos recados urgentísimos en el pueblo. ¿Te volvió loco el éxito?, le preguntó el periodista. Jorge abrió mucho sus serenos ojos negros y le devolvió una mirada muy atenta. Pensó durante un mintuo y luego respondió, dando por terminado el encuentro: “Por supuesto, me volví loco, creído, chulo, por todas las etapas he pasado yo. Tenías que verme a mí con 20 años, recién estrenadas Amantes, El año de las luces, Belle Epoque, imagínate… pues claro que te vuelves loco, es imposible mantener la cabeza en tu sitio. Yo pensaba que iba a ser así toda la vida, pero luego la experiencia me demostró que no es así, que en cada trabajo te la juegas, en cada declaración te la juegas… en realidad todos nos la jugamos todos los días, ¿no crees?”
conflictos
26 Agosto 2008
El otro día pasaba yo una tarde en la playa con mi prima María, que es una chica de unos 26 años bastante inteligente, una joven que siempre ha tenido claro y bien claro, desde que era una chiquilla de once años, cómo defenderse sola en esta jungla de promesas rotas que es la vida. María tiene un novio desde hace algunos años, y de él se declara locamente enamorada. Ella no cree en la iglesia ni se declara católica ni, mucho menos, está de acuerdo con las doctrinas retrógradas del Vaticano. Pero, como la mayoría de las chicas de su edad, quiere casarse por la Iglesia. “¿Y a mí qué más me da? Si así les doy gusto a mis padres y mi novio a los suyos, ¿dónde está el problema? Yo no creo en la Iglesia, pero me hace ilusión casarme de blanco, lo veo bonito, menos frío que un juzgado. Eso sí, mi boda tiene que ser espectacular”. Yo traté de explicar mi postura: que somos ya muy mayorcitos como para hacer algo presumiblemente muy importante (el día de nuestra boda) impulsados por el qué dirán o, peor si cabe, por los supuestos deseos de nuestros padres. Nuestros padres ya tuvieron su momento para decidir cómo casarse, y nuestra boda, si es que queremos casarnos, no les pertenece. Este razonamiento, sin embargo, no está tan claro en el imaginario colectivo, según el cual parece que el contradictorio sea yo y no mi prima María. En Madrid, en 2007, hubo más parejas que decidieron unirse en matrimonio de la mano de un juez y no de un cura, pero, aún así, casi ¡3.500 parejas! decidieron dar el sí quiero bajo el sacramento católico. En Andalucía, por ejemplo, las bodas laicas están todavía muy por debajo (en número) de las bodas religiosas. En Córdoba, una ciudad que cuida y mima las tradiciones hasta lo inadmisible, el porcentaje de religiosas uniones sigue siendo altísimo: casi un 75 % de las uniones quedan selladas por un sacerdote en santo sacramento.
Luego, por la noche, en reunión familiar, hablamos del amor y otras mentiras. Pues bien, yo traté de explicar mi postura: opino que El Amor, con mayúsculas, no tiene por qué durar toda la vida. O sí. Para mí las relaciones de amor son iguales que las relaciones de amistad: unas pueden durar meses, otras semanas, otras años y otras toda la vida. Mi tía aseguraba que entonces no era Amor Verdadero. “Estoy de acuerdo, Curro, pero entonces no era la media naranja”. Mi hermana opinaba igual y mi prima, directamente, me decía que era un descreído, “no crees en nada”, me decía, pues recordaba, y unía, la conversación que habíamos tenido por la tarde en la playa. Yo seguía, y sigo, en mis trece: un amor puede ser Verdadero y durar solo dos años; de hecho, hay muchas parejas que se pasan durmiendo juntas toda la vida y que, sin embargo, una distancia oceánica las separa. Además, puede que dos personas estén enamoradísimas pero tengan que enfrentarse, por cualquier motivo, a un conflicto al que otra pareja no tenga que enfrentarse, un conflicto que, por lo que sea (por las circunstancias, porque son personas débiles, por miedo) no son capaces de superar. ¿Era menos verdadero ese amor que otro amor que dura muchos más años pero que con ningún conflicto se cruzó? El conflicto es una palabra que no ha de tomarse en su sentido literal necesariamente: puede ser un conflicto real (la pérdida de un empleo, por ejemplo) pero también puede ser un conflicto inventado: A. y B. tienen, de repente, una pelea por un tema que no es importante en absoluto. A. reacciona de una manera, y B. de otra. Ni A. ha reaccionado como B. esperaba, ni al revés. Se callan, pero los dos se sienten frustrados; A. piensa que ha actuado correctamente, y B. también. En realidad, los dos tienen razón, aunque no lo sepan, pues ya se sabe que, como dijo aquel, la vida es según el color del cristal con que se mira.
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Para D: habíamos dicho que saldríamos el sábado, pero me acabo de acordar que yo el sábado no puedo. El viernes no puedes tú (por culpa de El Canto del loco). Si quieres, si te apetece, salimos hoy, cuando termines con el restaurante. No tengo tu teléfono. Si te animas, escríbeme al mail. C.
el final del verano
26 Agosto 2008
Parece que se acerca el tan temido final del verano, que concluyen los días felices descargados de obligaciones. A mí me quedan unos cuantos: hasta el domingo, concretamente. Por una vez en mucho tiempo, tanto que no lo consigo recordar con claridad (creo que desde que llegué a Madrid), he conseguido desconectar casi (subrayo el casi) de todo durante, más o menos, una semana. Normalmente, incluso en los momentos de ocio (en una cena romántica, mientras tomo una cerveza con un amigo, en la barra de un bar, mientras doy un paseo por la calle), continúo pensando en las cosas que tengo pendientes, o en otras que se me ocurren. Soy una persona que, a veces, piensa en muchas cosas a la vez. Lo cual es uno de mis problemas, otro de los muchos que tengo. Recuerdo, por ejemplo, que estaba una vez en una rave en la plaza vázquez de mella (con lo peor de cada casa, reconozcámoslo) y tuve que apuntar una frase en las notas de mi móvil: era el comienzo de un artículo que tenía que redactar. Y así, siempre. A veces les pregunto a mis amigos si les sucede algo parecido y ellos se limitan a reír y a negar con la cabeza, por lo que es fácil suponer que soy “un poco” bicho raro. Por eso tengo problemas de sueño y en ocasiones de concentración: porque pienso demasiado. Estas vacaciones, que todavía no han concluido, he conseguido lo que para mí era casi una quimera: dejar la mente casi en blanco: olvidarme de las preocupaciones y de los compromisos, abandonar a su suerte las ideas. He tomado el sol (estoy muy moreno), he mirado con pasión la luna llena, he acariciado el sueño del amanecer sobre el mar, he ligado con alguien que parecía no pertenecer a nuestro mundo y, sobre todo, he reído mucho con dos amigos (y con otros que hemos encontrado por el camino). Y todavía faltan seis días para que el final del verano (y de, por tanto, los consabidos días felices vacíos de obligaciones) llegue a su fin. Hasta entonces
un paquete de cigarrillos
25 Agosto 2008
Una vez, hará unos seis años, conseguí quitarme de fumar. Fue en un viaje que hicimos por tierras altas escocesas. Yo no podía conducir (tenía el carnet retenido por un tiempo a causa de una infracción del código de circulación) pero alquilamos un coche para movernos por los encantadores pueblos y espectaculares montañas verdes que existen por allí. Cuqui y Marta lo conducían en turnos flexibles y María y yo íbamos detrás, charlando o leyendo o contemplando el paisaje que, como podréis imaginar, era increíblemente bonito, uno de los paisajes más bonitos de Europa. Dormíamos en Hostels baratísimos en los cuales, la mayoría de las veces, nos separaban por sexos, arrinconándome a mí, al ser el único varón, a la más injusta soledad nocturna. Pero lo que yo quería escribir aquí es que en ese viaje logré dejar el tabaco, me liberé de mi condición de adicto (legal, pero adicto al fin y al cabo). María había comprado un libro que yo no había escuchado ni de lejos. “Tengo muchos amigos que lo han leído. Es para quitarse del tabaco. Ellos aseguran que funciona”, me dijo. A María le cuesta trabajo leer. Lee algo, por supuesto, pero a su ritmo, y no más de media hora o, como mucho, una hora seguida. Por eso cogí yo el milagroso libro “para dejar de fumar”, y me lo leí en el Opel Corsa alquilado. Reconozco que lo comencé con actitud de escéptico, que pensaba yo que el título (Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo) era una mentira comercial. Yo leía callado, sin decir nada ni a Marta ni a María ni a Cuqui, hasta que lo terminé. Entonces dije: “Chicas, quiero que sepáis que ya soy no fumador”. Marta, que iba en el asiento del copiloto y que quizá es la que más me quería de las tres, se dio media vuelta y comentó: “No me lo creo. Te juro que si eso es verdad te hago un regalo. Pero ni de coña me lo creo”. Pero sí, era verdad. No fumé más, ni una calada, en 365 días. Y, lo más increíble de todo, es que ni siquiera me sentí sometido a tentaciones de ningún tipo, ni siquiera eché de menos la nicotina. Nunca más me dieron envidia los fumadores y solo tuve que seguir los pasos que me dictaba Allen Carr, autor del libro. La diferencia esencial con mis anteriores intentos de dejar de fumar estaba clara: ahora no me apoyaría en la fuerza de voluntad sino en la inteligencia. Ahora entendería el hecho de no fumar no como una privación de algo sino como todo lo contrario: estaba convencido de que disfrutaría mucho más de las cosas, también de las reuniones sociales, incluso de una cervecita a medio día. Carr me hizo entender (o me ayudó a sacar la idea del subconsciente) que el que se priva de muchas cosas es el fumador y no al revés. Y yo lo comprendí y me lo creí y, por eso, no necesité ni quise fumar un cigarrillo más. María y Marta, que siempre han sido muy generosas con servidor, me habían traído de regalo un par de cartones de tabaco que yo había recibido como caídos del cielo (allí, y por aquel entonces, los cartones de tabaco costaban unas mil quinientas pesetas y yo nunca aprendí a liar cigarrillos). Regalé todos los cigarrillos a Claudio, el amigo italiano, que me miró con los ojos muy abiertos y el semblante propio de los que no comprenden. El tabaco ya pertenecía a mi vida pasada. Con el tiempo, comencé a ser más feliz. Había comprendido que si en anteriores intentos no lo había logrado (dejar el tabaco), era por miedo. Miedo a no pasármelo igual de bien que antes, miedo a disfrutar menos de las reuniones sociales, miedo a echar de menos de por vida algo que, creía yo, me gustaba mucho.
Una corta nota escrita desde algún lugar
24 Agosto 2008
Escribo a toda prisa y estoy bastante cansado (lo aclaro por si hay posibles errores gramaticales y/o erratas). No entiendo la consternación en la que parece vivir el país desde hace unos días. Se estrelló un avión y murieron más de ciento cincuenta personas. No he visto las noticias porque estoy de viaje pero sí me las han contado cada familiar/amigo/conocido con el que el hablado por teléfono. “Es horrible, ¿te has enterado?, en la tele no dan otra cosa”, me decían. Sí leí el otro día una crónica en El Mundo que, aunque me pareció muy bien escrita, era de lo más sensacionalista que he leído en los últimos años. El periodista / reportero contaba (más o menos) cómo era el dolor que se respiraba en la sala de familiares habilitada en el aeropuerto. Describía con detalle los rostros desencajados de las madres que habían perdido a sus hijos, explicaba minuciosamente, recreándose en el horror de la situación, la que parecía la desgracia del siglo. Y sí, ha sido una noticia horrible, por supuesto. Pero a poco que pensemos un rato nos daremos cuenta de que nos están manipulando. Los medios manejan a las masas a su antojo y lo siento pero no considero normal ni lógico que a un accidente aéreo le dediquen ríos de tinta en todos los periódicos durante más de una semana y que la mayor parte del tiempo de los telediarios haya sido dedicado para tal fin. Unas 1.800 personas mueren al año por accidentes de coche o furgoneta. Mueren casi ocho millones de personas en el mundo, cada año, por culpa de una enfermedad: el cáncer. El ruido del tráfico causa muchas muertes al año, pero de ellas por supuesto no hablan los medios de comunicación. Como tampoco hablan (o al menos no todo lo que deberían) de que cada cinco segundos muera de hambre una persona en el mundo: unos ochocientos millones de personas sufren de hambre crónica. Podríamos hablar todos los días de tantos problemas que existen, pero se nos dice y se nos cuenta lo que se nos quiere decir o contar merced a unos fines (meternos miedo, por ejemplo) que se nos escapan. Por supuesto que he sentido mucho que haya muerto tanta gente que pretendía viajar a Canarias subida a un avión de Spanair. Pero, disculpadme, me parece que se ha hecho, se está haciendo, sensacionalismo con el accidente de la T4
Por lo demás, todo bien. Quería agradecer a Juanjo, el chico simpático de Benalmádena que nos llevó en su coche al rincón más bonito de Marbella, el comentario que escribió en este blog el otro día. Os diré que Juanjo, amén de un gran carisma, tiene una línea de ropa muy chula que podéis descubrir en www.naturalchic.es
Marbella (1)
13 Agosto 2008
No puedo explicar aquí y ahora cómo han sido estos cinco días o qué he hecho durante ellos. Por varios motivos. Como sabéis, pienso que no se puede contar todo lo que uno hace o deja de hacer en los viajes, que es muy importante callar cosas, guardarlas para sí en el cajón de los recuerdos nostálgicos y los sentimientos difusos que sin duda podremos llevar cerca de nosotros, como compañero encantador, durante toda la vida. Lo segundo porque el viernes a las ocho de la mañana vuelvo a abandonar Madrid en un prometedor viaje de amigos por tierras catalanas, motivo por el que hoy, esta noche, estoy verdaderamente agobiado: he de transcribir, redactar y dejar perfecta y lanzada la entrevista que le hice la semana pasada a Ángeles González Sinde, hacer dos especiales de verano para Osaca (uno basado en un encuentro con Rosario Flores y otro en un encuentro con Joaquín Cortés), poner lavadoras varias (la ropa que más me gusta la tengo sucia), recoger la casa y comprarme unas gafas de sol graduadas, si no quiero perderme una vez más las impresionantes vistas (humanas) que pueden disfrutarse en las playas. Por si todo esto fuera poco, además, estoy algo triste. Y no porque me haya pasado nada malo sino porque, qué se le va a hacer, el final de cualquier viaje me pone triste, amén de que Estrella sigue de vacaciones y siento esta casa demasiado vacía.
Pese a todo (la tristeza, el cansancio, el agobio, los obligados silencios), sí me gustaría contaros que la gala que Mabel Redondo y yo presentamos fue bien, que yo al principio estaba muy pero que muy nervioso porque no había presentado en mi vida ni las funciones de teatro del colegio; que Mabel estaba suelta como el viento desde un primer momento, bella y radiante como una estrella fugaz, simpática como siempre, ocurrente, muy cómplice. Que yo me fui soltando a lo largo de la gala, dejando caer suavemente, uno a uno, los pliegues de la vergüenza, comenzando a ser yo, y así lo fui haciendo mejor, bastante mejor, a medida que los minutos se sucedían. Y que, curiosa y afortunadamente, los allí presentes (salvo Mabel) no fueron conscientes de mis nervios iniciales.
A los dos días nos sacaron en varios periódicos de por allí y he de reconoceros que se me hizo sumamente raro, muy extraño, tener que posar en un photo call y responder a preguntas de periodistas pues, como todos los que me leéis sabéis, normalmente estoy al otro lado, observando yo los photo call, haciendo yo las preguntas y anotando yo las observaciones (ya sabéis que para ganarme el sustento he de cubrir más actos de los que cubrían los desaparecidos reporteros del Tomate), tareas en las que, he de reconocerlo, me siento mucho más cómodo.
La experiencia mereció la pena, por supuesto, sobre todo porque el objetivo era recaudar fondos para las mujeres maltratadas; pero también porque me ha servido para hacer algo que no había hecho: presentar una gala, y presentarla ante un montón de señores y señoras del pueblo marbellí que nada tenían que ver conmigo ni, probablemente, con mi sentido del humor ni mi forma de ser o de pensar. Por otra parte, fue un trabajo muy serio, de muchas horas de pie, difícil y cansado, con una importante labor previa de ensayos y de redacción del guión. No creo que hubiera podido hacerlo de no haber contado con el apoyo y la complicidad de Mabel, la única chica que he conocido capaz de contarme cosas con la mirada risueña, una de las miradas más sinceras que he descubierto a lo largo de mi vida. Porque además Mabel es una mujer que siente lo visible pero que, sobre todo, presiente un poco de lo invisible. Y lo comparte, siempre lo comparte.
El caso es que los dos terminamos la gala entre parabienes y palmaditas en la espalda, a eso de las dos de la madrugada del sábado. Era en el Meliá Don Pepe, un hotelazo con palmeras que se encuentra encima del mar y de la playa (literalmente). Allí nos bebimos, excitados y exultantes por nuestro debut, una copa, y luego nos fuimos por Marbella junto a Carlos Vargas, que es un joven y guapo cantante que actuó en la gala, y Manolo, un chico adorable que es íntimo amigo de Mabel desde que años ha compartieran guardias, directos y complicidades por Sevilla y Marbella. Conocí a Manolo la noche anterior y yo no esperaba que apareciera al final de la gala bajo una promesa no pronunciada que, por supuesto, no tenía por qué haber cumplido. Manolo, o Manolito (como le llama Mabel), del que no sé si alguna vez leerá estas líneas o no, posee un gran encanto misterioso y vivaz, como el encanto de las cosas que no son nuestras, como el encanto de los niños que se hacen grandes y son transparentes y guapos, traviesos y sinceros, charlatanes y cariñosos. Y eso le hace único, pero finalmente no me atreví a preguntarle si él era consciente de ello.
Más tarde nos fuimos con los barones Von Aduard (conocidos televisivamente como los vampiros), que también habían estado en la cena benéfica (solidarios ellos), por discotecas varias, todas ellas carísimas pero en las que, por obra y gracia de nuestros draculines acompañantes (muy conocidos entre los relaciones publicas de Marbella), no teníamos que pagar un solo euro. La verdad es que tanto él como ella se portaron con nosotros maravillosamente (CONTINUARÁ)
Espero…
8 Agosto 2008
… poder escribir desde Marbella, ese paraíso de corrupción en el que años ha brillaran las estrellas y se celebraran las fiestas más glamourosas que hayan existido nunca. El otro día leí en un periódico que en Marbella parecía que no había llegado la crisis. Bien mirado, ¡igual me quedo allí! Tengo exactamente un minuto y medio para deciros adiós y para agradeceros, una vez más, que sigáis entrando en este blog. No sé si desde allí podré escribir porque no sé si en el NH en el que nos alojan habrá wifi –me llevo el ordenador porque Mabel y yo tenemos que ensayar la presentación de la gala-. Si la hay, contaré cosas de la gala y del fin de semana, e incluso pondré alguna foto, pues ya me he comprado una cámara canon chulísima y modernísima que (me han dicho) hace unas fotos maravillosas. Regreso el miércoles para irme a otro lugar el viernes. ¡Aprovechad el verano que dura muy, muy poco! Siento que el verano, quizás la mejor época del año, se nos escurre entre los dedos, y no puede ser que sigamos quejándonos con el calor. Besos muchos y apresurados. C.
p.s. por cierto, un consejo doméstico MUY importante: nunca pongáis el tostador cerca del microondas. Hacedme caso.
p.s. Rus y Elisa, os debo un mail a cada una. perdonad que aún no os haya respondido.















