Sobre palomitas en Alejadría y otros sueños nostálgicos

Las palomitas en las salas de cine están mal vistas entre los fundamentalistas del séptimo arte, esos intelectuales que, con gafas de pasta o no, son capaces de tragarse dos o tres películas seguidas en versión original y que, por supuesto, no se levantan de la butaca hasta que concluye el último de los créditos. Esta regla, más o menos aceptada por la mayoría y basada en el molesto sonido (hay que reconocerlo) provocado por los tragones de comida en las salas, se venía aplicando aún más en los pre- estrenos de cine. Ya no. Miguel Bosé hizo el otro día saltar por los aires esa norma no escrita de la comunidad intelectual comprando una caja enoooorme de palomitas de maíz, palomitas que, de sus manos, ascendieron hasta el cielo de otra época, el de la increíble Alejandría del siglo IV. Era el estreno de la película Amenábar y el cantante, que a sus cincuenta y un años conserva el atractivo físico que le reconoce todo el mundo, no dudó en alimentar su incipiente (o no tan incipiente: es ya una realidad pero ¿qué importa?) barriguita con ese aperitivo que tanto nos gusta. Simoneta Gómez Acebo también se saltó la “no norma preestablecida” y portaba otra caja enorme. Hacen bien. Vivan las palomitas en el cine. Al fin y al cabo, el concurridísimo estreno tuvo lugar en el Kinépolis, un gigantesco centro multicines que se encuentra a las afueras de Madrid y que (me van a perdonar) nada tiene que ver (ni en glamour ni en historia ni en emoción ni en nada de nada) con cualquier otro de la Gran Vía en los que, todavía, se celebran la mayoría de los estrenos (menos mal). Nada tiene que ver, entre otras razones, porque resulta casi ridículo ver a algunas invitadas arrastrando el tacón con sus trajes de diseñadores de prestigio y sus bolsos de mil euros por una moqueta que se encuentra cada fin de semana abarrotada de poligoneros (con todos mis respetos) y familias completas que van a echar la tarde de la mejor manera que saben y pueden (en centros comerciales). La estrella de la noche fue (sin dudarlo) Rachel Weisz, actriz que resulta menuda y poca cosa en vivo y en directo y que llevaba impreso en el rostro el cansancio de una promoción tan salvaje que la ha convertido en portada de todas nuestras revistas. “Hola Espana, Sorry for my horrible accent”, declaró, divertida y amable, cuando una reportera le pidió un saludo en español. Por su parte, Alejandro Amenábar, salió triunfante de una premiere en la que contó con el apoyo de mil famosos y de ¡cinco ministros/as! Todo un poema era la cara de José Blanco, que parecía, con su semblante desencajado, no encontrarse a sí mismo entre tanto glamour cinematográfico. Una pena que, para dar cabida a más invitados, nos hiciera ir Amenábar hasta el lejano y frío Kinépolis.
Claro que, pensándolo bien, quizás los estrenos de la Gran Vía tengan los días contados: el dinero (siempre el dinero) se los está cargando uno por uno. También la semana pasada, sin ir más lejos, tuvo lugar la fiesta de inauguración del mastodóntico H&M que han abierto, precisamente, donde se hallaban los míticos Cines Avenida, una noticia triste se mire por donde se mire y por mucho que las madrinas del acto fuesen una actriz tan admirable como Ángela Molina (qué guapa, qué elegancia, qué forma de hablar, qué aura) y otra tan respetable como su hija Olivia (qué mona, qué simpática pero, sobre todo, qué piernas –largas y bonitas como las de una top model internacional). Una noticia triste por mucho que la organización de la fiesta fuese perfecta, no escatimasen ni en comida ni en bebida (había por todos lados, y resultaba insólito y divertido, por ejemplo, ver una barra de mojitos llena de camareros detrás de un burro cargado de abrigos) y cerrasen las puertas hasta la una de la madrugada para que sus invitados disfrutásemos de un veinte por ciento de descuento en todas las compras. Nunca puede ser una noticia alegre el hecho de que cierren un cine o un teatro o una librería para abrir una tienda multinacional, pero, ¡ay, el dinero!… El caso es que la buena de Ángela Molina, que ya no luce pelo lleno de canas pero que sigue pasando millas de estar, a diferencia de la mayoría de las actrices, obsesionada con el físico o con el paso del tiempo (“me gusta ver mi rostro el reflejo de la vida”, dice poéticamente), salió del atolladero como buenamente pudo defendiendo a ultranza la “moda asequible para todos los bolsillos”. Su hija: ídem. Por la tienda pasó gente tan dispar como Carmen Lomana (“hoy voy de de H&M, y tan contenta”), Toni Acosta, Mónica Hoyos (quien, por cierto, se compró delante de mis narices el mismo vestido que le habían prestado para acudir al acto -el que ven en la foto-) o un divertido Fele Martínez que se lo pasó bomba junto a otros actores y a Mario Vaquerizo en la planta de abajo, espacio en el que se encontraba años ha Pasapoga, mítica discoteca en la que sucedieron cosas tan bonitas en el pasado como, por ejemplo, que se conociesen de una vez y para siempre Jesús Vázquez y Roberto, su marido.
En fin, supongo que la vida cotidiana está plagada de noticias tristes para todos los que somos melancólicos y sensibles sin remedio. Así era también Leopoldo Alas. Aunque yo ya lo sabía, me lo contó el escritor Luis Antonio de Villena, que acudió a la presentación del libro (Concierto del desorden. Poesía reunida 1981-2008) que reúne casi toda la poesía de Leopoldo quien, recordémoslo, era un montón de cosas (radiofonista, escritor, activista homosexual, periodista…) pero sobre todo un gran poeta (creador de “esos poemas llenos de miedo y ternura”, dice Villena) y una gran persona “que sentía y sufría el desorden y el horror del mundo actual”). Al acto, que tuvo lugar en el Cervantes y que lo presentó Pedro Zerolo, Carmen Caffarel, José Infante (que es quien ha prologado y reunido los libros de poesía del sobrino biznieto de Clarín), y Eduardo Medicutti, acudió la familia de Leopoldo (sus padres, sus hermanos) y un sinfín de amigos (Ruth Toledano, Paloma Aznar Vampirella, Carla Antonelli…) que recuerdan con mezcla de admiración, pasión, dolor y alegría a ese hombrecito que defendió siempre con todas sus fuerzas la libertad individual y que (fatídico destino, fatídica enfermedad) nos abandonó hace ya dos veranos. Sabemos que no corren buenos tiempos para la lírica pero, querido lector o lectora, quizás pueda ser usted la mágica excepción que, comprando este libro de poemas, lleve la contraria a esta penosa tendencia.
SOBRE GENTE DIVINA Y UNA ACTRIZ MARAVILLOSA
Q
Qué risa. Cuando uno charla con Carmen Maura, tarde o temprano (más temprano que tarde), acaba a carcajadas. Pregúntenle, si no, a Alex de la Iglesia, que fue quien le entregó el otro día la Medalla de Oro 2009 y quien, en un momento dado, después de contener una risotada que finalmente afloró, le dijo: “Carmen, querida, lo que cuentas es verdad, el problema es que estos señores que están aquí son periodistas y luego publican las cosas que decimos”. Y es que ella lo tiene claro: pasa de los premios (“éste que me dan, bueno, porque es de toda la carrera, pero la verdad es que a actuar me resulta facilísimo”), a los que considera injustos y, a sus sesenta y cuatro años, suelta dardos según le van preguntando: a veces envenenados, a veces cómicos, a veces críticos, casi siempre inteligentes. No tiene pelos en la lengua. Ella puede estar recibiendo un acto de la Academia y dejar verdes las academias de actores, “esas que tanto daño han hecho”. Luego sonríe tan tranquila. “¡Una de las maravillosas ventajas de ser mayor es que puedo decir lo que me dé la gana! No tengo nada que perder porque si ya no trabajo con tal o con cual me da exactamente igual”, explicaba luego, siempre con esa media sonrisa cruzada por la ironía, mientras Alex de la Iglesia se echaba a reír de nuevo. “¿Qué ha sido lo más duro que has vivido como actriz a lo largo de todos estos años?”, le pregunté. Enmudeció unos segundos y, a continuación, dijo: “Lo voy a decir pero no admito más preguntas en este sentido, ¿vale? La única vez en mi vida en la que lo he pasado mal en un plató fue rodando Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Ahí quedan estas palabras, pronunciadas por la mañana. Por la noche tuvo lugar la cena de gala en el Museo Reina Sofía, homenaje nocturno en el que toda la gente que la quiere quiso acompañarla. Sus familiares y amigos íntimos, por supuesto, pero también esos actores y actrices y directores con los que Carmen Maura más conecta (no, no estaba Pedro Almodóvar, evidentemente, pero sí Fernando Colomo, al que Carmen recuerda con cariño en cada entrevista). Esa noche se vistió de gala, recibió todas las palmaditas en la espalda del mundo y sus ojos, grandes y abiertos como faros, brillaban. No era para menos. Pocas veces un actor o actriz recibe más enhorabuenas que con la Medalla de Oro, uno de los premios de cine con más proyección (“Me reconocieron dos chinos. Empezaron a mirarme y a hablar de mí. No entendía nada hasta que escuché que uno decía “medala olo” –otra vez risas generalizadas-). Todo era merecido. Estuvieron Maribel Verdú, María Adanez, María Botto, Natalia Verbeke, Antonio Resines y… ¡Asier Etxeandia! El bilbaíno fue una sorpresa para Carmen (y para todos). Cantó “Cabaret” y “Suspiros de España” y, claro, la gente tocó el cielo (qué voz, qué fuerza, qué simpatía, qué prodigio de actor).
No sabemos si Tamara Falcó habrá tocado el cielo alguna vez ni si suele ir al teatro ni si sabe quién es Asier Etxeandia, pero sí que vive un poco entre nubes. Es rica, algo tonta, buena gente y una chica feliz. Puede que, como opina mi adorada colega Ana Conda, la inteligencia y el esfuerzo estén sobrevalorados (“no, no es inteligente pero, ¿eso qué importa?, es divina”, me explicaba el otro día) pero yo aún me resisto (lo siento) a aplaudir desde aquí a gente como Carmen Lomana (“también es divina”, opina también Ana Conda, capitana del batallón de lomanistas) o Tamara Falcó. Para mí no lo son. Tamara es, eso sí, muy simpática y amable. Dice que echa de menos a su novio que, cosas de la vida, del trabajo y del amor, se ha ido a vivir a Sau Paulo (Brasil), lo cual la hijita de Isabel Preysler no lo lleva demasiado bien. “¡Es un rollo!”, exclama. “ Si al menos lo hubieran destinado a un país europeo…”. Su cuñada Charisse Verhaert, la despampante ¿novia? de Julio José Iglesias para más señas, que mide por lo menos dos metros y medio, sonreía todo el rato a su lado. Era el Día Internacional Contra el Cáncer de Mama (repito: contra, no del) y Sandra Ibarra, que sí sabe lo que es la tenacidad y la superación personal, y su Fundación contra el cáncer, en colaboración con una marca de moldeadores para el cabello, montaron una fiesta solidaria que se convirtió en un variopinto desfile de personajes del papel couché: su pareja, Juan Ramón Lucas, que no acude a nada porque se levanta todos los días, por su programa en RNE, a las ¡cinco de la madrugada! pero que, por supuesto, esa noche no podía faltar y, en fin, interminable etcétera: Patricia Conde, Juncal Rivero, Paloma Lago, Kira Miró, Lluvia Rojo… Todas ellas llevaban en sus vestidos o chaquetas un lacito rosa, un adorno que, como otros, simboliza el compromiso, la lucha por la vida y la esperanza de que, algún día, vivamos en un mundo en el que no existan enfermedades tan perversas.
SUEÑOS A CIEN MILLONES DE PESETAS
(en la foto: lucía etxebarria y yo en la ceremonia del Planeta 2009)
Yo ya lo había decidido. Si el Premio Planeta era para Risto Mejide, sintiéndolo mucho y pese a que asistir a un evento como aquel despertaba las envidias de cualquier cronista social, no habría crónica para esta revista. Simplemente, me levantaría disimuladamente de esa cena tan pomposa y multitudinaria (¡más de mil personas!) en el Palau de Congresos de Catalunya y desaparecería con sigilo por la misma puerta por la que había entrado. Al día siguiente, me excusaría ante Lola Sanz, la amable jefa de prensa de Planeta, alegando una indigestión repentina. Y es que el nombre de Risto, ese ser tan altivo y chulesco que ya no logra engañar a una audiencia que está cansada de su narcisismo inigualable, había sonado en todas las quinielas como posible ganador o finalista del Premio Planeta, un galardón que sí, vale, tiene clara (y legítima) vocación comercial pero, recordémoslo, lo han ganado casi siempre escritores de verdad (y no productos mediáticos oportunistas. Sí, lo sé, suena duro pero ¿no ha sido tantas veces él cruel con las personas más indefensas?). Pero no, no estaba en aquel gigantesco salón. Ni era ganador ni se encontraba entre los invitados. “Yo no soy Risto”, fue lo primero que dijo Emilio… , finalista. “¡Menos mal que no ha quedado finalista Risto!”, exclama después Ángeles Caso allí, en Barcelona, después de una cena que le supo a gloria, la gloria de saberse ganadora del premio mejor pagado del Planeta (o, al menos, del solar patrio). “Y mañana me sacará, por decir esto, en el programa ese que tiene”, decía a continuación, mordaz y divertida, sonriente de cuerpo entero. Sí, Ángeles Caso estaba feliz, y se le notaba. Al fin y al cabo, se había embolsado en un periquete 601.000 euros y era consciente que Contra el viento, su novela, contará con una promoción alucinante.
A las 22 horas, dos antes de que le entregaran el Premio, todos sabíamos ya que sería para ella. ¿Por qué, si no, todos los fotógrafos le hacían fotos y más fotos nada más sentarse en su mesa?, ¿por qué era ésta una de las más céntricas y privilegiadas?, ¿por qué si no sus ojos brillaban de esa manera?, ¿por qué no había llegado al Palau en el mismo autobús en el que la organización trasladó tanto a periodistas underground (a mí, por ejemplo) como a ínclitos autores? (sí, todos juntitos con nuestras mejores galas: son los síntomas de la sociedad desclasada a la que tiende el mundo), ¿por qué no se alojaba en el mismo hotel –el Princesa Sofía- que la mayoría de los invitados? Ángeles Caso, que pudo ser estrella de la tele (presentó programas en el pasado) pero prefirió seguir exclusivamente el solitario camino de la literatura, cae bien a casi todo el mundo de la cultura. Nadie habla mal de ella, algo no tan fácil de conseguir en un mundo tan repleto de trampas y egos como es el literario. Es correcta, educada, escribe bien y de vez en cuando deja asomar una punta de la ironía y mordacidad necesarias para que el discurso de un escritor no resulte tan aburrido como el de un mitin electoral. Por eso, y aunque mis esperanzas de que ganase la gran Elvira Lindo (otro de los nombres que habían circulado de boca en boca) no desaparecieron hasta el último momento (me había contado que estaría en Nueva York y no en Barcelona pero ¿cómo saber que no me había mentido piadosamente para mantener el misterio?), nos alegramos, por supuesto, por Ángeles Caso.
Juan José Millás también se alegra. Él estaba sentado en su misma mesa pero no alojado en su mismo hotel. Millás, brillante articulista y escritor que ganó este mismo premio hace dos años, se alojó en el de todos (otra vez la sociedad desclasada) y por eso sé que no le gusta hablar mientras desayuna. Millás es una de esas personas que, como yo, necesita por la mañana tomar su café y sus tostadas en el silencio total de la lectura de un periódico o una página de internet. Su mujer y yo lo sabemos. Pero dejemos tranquilos a Millás y a su afable señora y vayamos terminando. Boris Izaguirre, Espido Freire, Lucía Etxebarria, Álvaro Pombo, Carmen Posadas, Rosa Regàs, Nativel Preciado y otros cuatrocientos noventa y cinco mil escritores (es una exageración, pero ustedes ya me entienden) más o menos conocidos estuvieron en la cena literaria anual más popular (apenas conté un pequeño puñado de famosos ajenos al mundillo literario: Judith Mascó, el peluquero Llongueras, la omnipresente -por dios- Fiona Ferrer y tres o cuatro más. Cuando terminó, los más valientes y animados remataron la noche bailando y tomando copas hasta las tantas en el Club Ribelino`s. Los menos, al autobús, de vuelta al hotel. Unos y otros pensamos en algún momento, como flotando en sueños dulces, qué no haríamos nosotros con cien millones de pesetas.
Lujo y glamour en las calles de Madrid

La Milla de Oro trató de tapar con alfombras rojas los escombros de sus calles, provocados por las (interminables) obras de Gallardón, sumándose a la Fashion’s Night Out, una fiesta que, organizada por la revista Vogue, se celebró la semana pasada en trece de las capitales más importantes del mundo. No fue bajo la carpa que la conocida revista de moda montó en la calle Ortega y Gasset por donde se dejaron ver los más famosos. Sólo Marta Sánchez, que se maquillaba allí mismo, minutos antes de ser entrevistada (para asombro de algunos de los organizadores), Patricia Conde, Paz Vega, un huidizo Luis Medina (que no quiso posar en el photo call), Laura Sánchez y tres o cuatro más lucieron modelito en el tinglado que había montado Vogue, que, por cierto, no tiró la casa por la ventana precisamente (era misión harto difícil hacerse con una copa). Pero lo mejor no estaba allí. El glamour y lo verdaderamente fashion se encontraba en el ambiente alegre y espléndido que ofrecían las tiendas de lujo de la zona más cara de Madrid. Armani, Suárez, Manolo Blahnik o Chanel, entre otras muchas, abrieron sus puertas hasta casi la madrugada y ofrecieron a la gente copas burbujeantes con los cócteles más explosivos. Por la de Elena Benarroch pasaron, por ejemplo, Sonsoles Espinosa y Felipe González, íntimos amigos de la diseñadora y por la del diseñador de zapatos más conocido del mundo fue visto Jaime de Marichalar, que negó rotundamente que tenga pensado abandonar nuestro país como lugar de residencia. Pero donde estuvo el cogollito de la noche fue en Missoni, firma italiana que aprovechó la circunstancia para presentar una chulada de exposición con las obras que Juan Gatti diseñó para Los abrazos rotos. Por eso pululaban por allí, inseparables y de negro riguroso (de pies a cabeza), dos de los protagonistas de esta película, Ruben Ochandiano y Tamar Novas, más simpático aquel y más tímido éste. “No, yo no soy tímido, ¿por qué dices eso?”, decía Novas, actor que ahora rueda la segunda temporada de Acusados y que reconoce que su personaje en la última película del director manchego le ha curtido como actor y, más que eso, le ha cambiado la vida. “Ha sido una suerte y una gran oportunidad”, afirmaba el actor, al que, graciosa y curiosamente, me había cruzado por ¡el portal de mi casa! dos veces ese mismo día (¿será un nuevo vecino de Malasaña?, ¿tendrá una amante en mi edificio?, pensaba yo mientras él peroraba sobre las grandezas del director manchego).
Por allí también encontramos a Carmen Lomana. Sin ser lomanista (corriente cada vez más extendida y con más seguidores), reconozco que esta mujer de edad indeterminada y mirada perdida, tiene un noséqué que la convierte en entrañable. Cierto es que su único mérito para la fama ha sido ser rica y gastarse más que nadie en trajes y complementos. Y qué. Al fin y al cabo, no hace daño a nadie (que yo sepa) y, ¿acaso no es mejor su ejemplo que el de alguna que otra que sale en las teles por haberse acostado con el famoso de turno? Lo más divertido es que ella misma no entiende el porqué de su fama. “Yo creo que mi caso es digno de estudio sociológico. ¿Por qué intereso? No lo entiendo, pues soy aburridísima, no doy un escándalo, no aparezco con novios, no me meto con nadie…”, nos dijo Lomana, que estaba recién llegada a Madrid tras sus vacaciones en Marbella. Alaska, que nunca ha hecho diferencias entre clases de famosos y que lo mismo va a una recepción oficial con los Reyes que defiende públicamente a Yurena (la antigua Tamara), se acercó a saludarla, así que dejamos a ambas charlando y nos fuimos con Loles León, que, como siempre, hacía bromas y animaba el sarao con su energía única y sus ocurrencias. “¿Más delgada? No, más delgada no, qué va. Más joven sí, eso puede ser”. También vimos a Laura Ponte en la que era su primera aparición pública tras su (triste) separación de Beltrán Gómez Acebo. ¿Existe la media naranja? No lo sabemos pero, en todo caso, les aseguro que esta pareja es de las más bonitas que ha conocido el mundo del colorín. Cuando aún estaban juntos, daba gusto oírles hablar al uno del otro. El otro día ella estaba guapa y, claro, saludaba con amabilidad, pero se notaba que aún supuraban las heridas de la ruptura con el padre de sus hijos, algo lógico, por otra parte.
Al que to-do-el-mundo esperaba en Missoni era a Pedro Almodóvar. Se decía, se rumoreaba, se comentaba que iba a venir, y finalmente vino, creando a las puertas de la tienda una gran expectación. Camuflaba sus ojos tras una gafas de sol enormes y negras (se las quitaría una vez dentro) y casi no podía avanzar: la gente se le echaba encima. A él, aunque trataba de disimular su desasosiego como buenamente podía, se le notaba incómodo y agobiado ante semejante baño de multitudes, motivo por el que se refugió en la planta superior de la tienda, donde los encargados impidieron el paso a periodistas y curiosos. Allí estuvo charlando con los dueños y con los dos actores de su película durante un buen rato.
Eso sucedía en Missoni, pero lo más divertido de la noche estaba por llegar y llegó de la mano de In Dietro, una de las tiendas más bonitas y elegantes de la Milla de Oro y la única, por cierto, que tenía esa noche sus puertas abiertas para todo el mundo. En In Dietro, donde se presentaron las colecciones de Teresa Helbig y D-Due, reinaba el buen rollo y las mejores modelos de revistas se lo pasaban bomba junto a las dueñas de la tienda, Malu González y Patricia Fernández, quienes merecen un aplauso por haber tenido los arrestos de embarcarse en este negocio único que combina arquitectura de interiores, decoración y moda justo cuando la crisis comenzaba a mostrar sus garras más temidas.
A esas horas, casi al mismo tiempo en que comenzaban a cerrar las tiendas del Madrid más glamouroso, miles de personas salían del Capitol, cine en el que se había celebrado el esperadísimo estreno de Gordos. Daniel Sánchez Arévalo (director), Antonio de la Torre (protagonista, ya sin los ¡treinta kilos! que tuvo que engordar para el papel) y el resto del equipo de esta película se dirigieron hacia la fiesta que habían montado en el Café Larios, donde ellos y los invitados brindaron por el éxito de la premiere, un estreno en el que no había quedado ni una sola butaca vacía, algo no tan habitual como pueda pensarse. Sin embargo, la que no fue a la fiesta fue Verónica Sánchez, otra de las protagonistas, que sí estuvo, por supuesto, en el Capitol junto a su equipo unas horas antes. Verónica Sánchez y Daniel Sánchez Arévalo fueron un ejemplo de cordialidad, profesionalidad y discreción pues, como sabemos, rompieron su relación amorosa en pleno rodaje de la película, lo que no ha impedido, por supuesto, que hagan juntos la obligada promoción.
En ese mismo local, pero el día anterior, se celebraba otra fiesta, la del arranque de Cuéntame, cuyo primer capítulo de la nueva temporada fue emitido en pantalla grande y con la presencia de todos sus actores (tal y como viene siendo habitual, últimamente, con las series de más éxito). Ana Duato e Imanol Arias, dos de los actores de nuestro país que más dinero han ganado gracias a sus papeles en la serie de TVE (su contratos son millonarios), estuvieron charlando animadamente con Rosario Flores. La artista, que cada año que pasa es un pelín más amable y abierta con la prensa, ha sido la encargada de dar voz esta temporada a la mítica canción Formula V. Escucharla, todo un placer para los sentidos.
Distorsión de la realidad
(diálogo entre Tony -Mario Casas- y Marina -Ana Polvorosa- en Mentiras y gordas)
-Pero, ¿no te das cuenta que se está aprovechando de ti? (Marina)
-Sí, pero es así desde el colegio… ya me he acostumbrado… no sé qué hacer, me gusta mucho, pero, como sé que es imposible, me basta con estar con él. (Tony)

La nueva película de Alfonso Albacete y David Menkes va más allá de los límites de la noche, de la música, del sexo, de las drogas. Cuenta las historias cruzadas de un grupo de jóvenes que se divierte más que nadie (“hay que vivir la vida a tope”, dice uno de ellos) pero que vive al límite, demasiado deprisa, sorbiendo la vida como si cada noche fuera la última. Algunos de ellos están tan desesperados como lo estaría un gato en una piscina: se drogan, se drogan mucho, coca, speed, MDMA, ketamina, pastillas, muchas pastillas, rave, discotecas, sexo, mucho sexo, música a todo volumen, lágrimas, llantos, tecno, house, amor, verdades y mentiras… y gordas. Ana Polvorosa, joven actriz a la que conocemos por Aída, está ESPECTACULAR (divertida, seria, creíble, simpática, muy guapa) y afronta con valentía una escena lésbica bastante subida de tono con Duna Jové, actriz muy válida que ya había trabajado con estos directores en Sobreviviré. Marieta Orozco lo borda en su papel de chica triste y vivida que quiere dejar de ser “vendedora de felicidad”. Pero no puede, no puede dejarlo porque la engañan y porque, como alguien le dice, “todos decimos que nos retiramos y luego volvemos, nos mentimos, siempre ocurre algo que te hace volver”. Mario Casas, el chico de Los hombres de Paco, da vida a un homosexual sensible y romántico que está loca y secretamente enamorado de su mejor amigo, interpretado por Yon González, que siempre le convence para todo, egoístamente. “Estar enamorado es una mierda tan grande como la que llevo encima”. Es la última frase que dice en la película, y se la dice a una chica (Ana de Armas), que está junto a él, desesperanzada porque acaba de confirmarse a sí misma algo que ya sabía: que el hombre con el que se acuesta (Hugo Silva) es un hijo de la gran puta. También tienen su papel Maxi Iglesias, Alejo Sauras y muchos más, todos jóvenes y fuertes y guapos y, al fin, todos tan incapaces de encajar en el complejo puzzle de la realidad que acaban por ahogar sus propios sueños.
Angustiante a ratos (tanta, tanta droga y tanta, tanta noche se hace duro de ver), Mentiras y gordas también reúne momentos divertidísimos que no sé si serán suficientes para que la película pueda convencer a estómagos sensibles. A la salida del pase de prensa, hará unos meses, una periodista me contaba que le había resultado todo muy exagerado y excesivo, y puede que tenga razón, en parte. Porque desde luego el submundo en el que nos sumerge la película es exagerado y excesivo pero existe, aunque no nos guste o aunque nos guste demasiado y aunque mucha gente (afortunadamente o no, yo no estoy aquí para ser juez de la vida de nadie) no lo conozca. Otro periodista me dijo que “Menkes y Albacete podrían haber hecho su mejor película si no fuera por el moralista final”, y puede que tenga razón, y puede que también sea demasiado previsible, pero al menos a mí me tocó, me lo creí, y yo no creo que la sociedad ni la crítica ni la gente en general admita la película sin ese final que, por supuesto, no pienso desvelar aquí. Id a verla (se estrena el 27 de marzo) y luego me contáis. De momento, podéis buscar la maravillosa canción La Verdad, de Fangoria, que, en un momento dado, dice: “qué más da, la verdad, donde está, quién la tiene y dónde está, que será, la verdad”. He ahí la cuestión.
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El hombre que dijo basta
Isabel Cepeda estaba calmada, hablaba despacio y muy bien, triste ante la desgracia que ha vivido su marido pero alegre ante la esperanza de la vuelta a la normalidad y el reto de la superación. Era la presentación de Diario de Jesús Neira. El hombre que dijo basta (Temas de hoy), libro escrito por el periodista Javier Esteban quien, desde luego, no podrá quejarse del apoyo recibido: no sólo estaban presentes en el Círculo de Bellas Artes, ante casi un centenar de periodistas, Bibiana Aído y Esperanza Aguirre (ambas se deshicieron en elogios ante Neira y dejaron claro que, ante la violencia de género, tolerancia cero y ausencia de distinciones ideológicas) sino también Isabel Cepeda, que incluso leyó una carta escrita por su marido, quien, amigo del escritor, le permitió, para la escritura del citado libro, ser testigo de su día a día en el hospital desde aquel fatídico 2 de agosto de 2008 en el que, tras intentar salvar defender a Violeta Santander de su agresor, sufrió una brutal paliza que, dejándole en coma durante varios meses, a punto estuvo de causarle la muerte. Isabel Cepeda, ejemplo de fuerza interior y de lucha por un ser querido, explicó la “felicidad” que sintió el día que Jesús Neira “comenzó a mover un dedo, un pie”, o “el día en que comenzó a dar los primeros pasos”, pues previamente le habían dicho que se iba a quedar tetrapléjico. Luego, ante la pregunta de cómo se había sentido tratada por los medios, dijo: “Muy bien, en líneas generales estamos muy agradecidos. Sólo ha habido algunas actitudes miserables. Por ejemplo, hubo intentos de soborno a los enfermeros. Me contaron que les ofrecieron importantes sumas de dinero si consentían entrar en la uci con una pequeña cámara que grabase el dolor de mi marido”. Ya ven que el amarillismo sin escrúpulos, falto de toda ética, todavía sigue existiendo en nuestro país merced a las prácticas de algunos que, sin serlo, dicen ser periodistas. Ahora, tras su paso por A3, algunos cuestionan a Jesús Neira. Quizás no debió llamar cucaracha a Violeta Santander, vale, pero se lo perdonamos, pues aun sin saber si es un héroe o no (“desgraciado el país que necesita héroes”, dejó escrito Bertolt Brecht) sí sabemos que puso en peligro su vida para salvar la de otra persona. Y eso lo convierte en un ejemplo.
(publicado en el dominical Osaca)
Feliz año nuevo

En tiempos de consumo, crisis y falsas apariencias es difícil ser feliz. Ahora que el sistema ha cambiado, interesadamente, la máxima del tanto eres, tanto vales por la del tanto tienes, tanto vales, casi todos deseamos ir bien vestidos, con ropa cara y a la última. Todo el mundo quiere estar delgado, los gimnasios están llenos, las chicas creen que tienen que ser como las mujeres que ven en las revistas o en las series de televisión. Lo mismo sucede con algunas mujeres que rebasan la temida frontera de los 40/50: no quieren envejecer, olvidando que la arruga no tiene por qué afear un rostro, porque siguen leyendo el ¡Hola! y fijan como modelos a Naty Abascal o a Isabel Preysler, que continúan, después de tantos años, sin una sola arruga el rostro, dos mujeres que siguen teniendo, de un modo ridículo pero sobre todo artificial, la misma cara que tenían cuando eran jóvenes de treinta. Hace dos semanas la revista más leída del corazón sacaba una lista de las más elegantes basada en las votaciones de los lectores. Volvía a aparecer, por tercer año consecutivo, Isabel Preysler en primer lugar. En segunda posición, los lectores colocaban a Paloma Cuevas, que es más cursi y remilgada que un modelito de la Nancy. Naty Abascal aparecía en cuarto lugar, uno por detrás de Ana Boyer, la niña de la Preysler, una chica pija y mona, sin más. Este año, como novedad a destacar, ¡Hola! dejaba fuera de esta lista a la bella Penélope y a la Infanta Elena, quien, podríamos decir si nos creyéramos todo lo que vemos en las revistas, ya no es elegante al no verse influida por los buenos consejos (en lo que a indumentaria se refiere) de Jaime de Marichalar, su ex pareja, un señor retrógrado de ideas pero, admitámoslo, con bastante gusto en el vestir. El problema es que, a los pocos días de publicarse la susodicha lista, comenzó a decirse, comentarse, rumorearse que detrás de las votaciones podrían estar no solo sus lectores sino, sobre todo, las marcas de cosmética, ropa, joyas e incluso de aceites que tienen contratadas como imagen publicitaria a algunas de las “elegidas” como más elegantes. En este sentido sería más creíble la lista que ¡Hola! publicaba la semana pasada, un nuevo ranking de las más elegantes, en este caso elaborado por expertos en moda y diseño. Recuperaban a la actriz de Alcobendas, devolvían la vanidad robada a la infanta Elena y aparecía ahora en primer lugar Naty Abascal. Isabel Preysler quedaba relegada a un más que digno noveno puesto. No digo yo que no vista bien Isabel Preysler y que no le sienten bien esas pomposas joyas de Suárez que suele lucir en el cuello. No digo yo que Naty Abascal, que al menos se atreve con el color, no vista con gusto y distinción (aunque a veces resulte un tanto recargada y barroca). Pero parece imposible que las más elegantes de un país (una según la lista de los lectores, la otra según la de los expertos) sean dos señoras que se han pasado por alto la que debería ser la cualidad más importante de toda persona elegante: la naturalidad. ¿Puede ser natural alguien que tiene sesenta años o más y que pretende ir por la vida con el rostro de una de treinta? Desde luego que no, por mucho que la revista ¡Hola! y sus expertos traten de convencernos de lo contrario.
Y esto no lo digo sólo yo, lo dice Laura Ponte, modelo atrevida y aprendiz de diseñadora que los expertos de la revista han considerado la cuarta mujer más elegante de España. “¿No me irás a preguntar por la lista del ¡Hola!, verdad?”, me advertía Laura Ponte el otro día, divertida e irónica, en la fiesta del 120 aniversario del Ron Brugal, ataviada, en graciosa combinación, con “unos zapatos comprados en NY, un cinturón vintage de Miami, una chaqueta de Zara y unos pantalones de Miguel Palacio”. Y no, no le pregunté por lista alguna, pero sí hablamos sobre lo que, según ella, es la elegancia. “Para empezar –me decía la modelo-, yo es que no me considero elegante, sinceramente, pero si quieres mi opinión te diré que valoro, sobre todo, la naturalidad, a parte de que, por supuesto, luego haya algo o alguien que resulte visualmente atractivo por cualquier motivo. Para mí la elegancia es algo bastante espontáneo. Y repito que yo no me considero una persona elegante, pues no me esmero mucho, la verdad. Hoy, por ejemplo, para venir a esta fiesta, he elegido la ropa que ponerme en cinco minutos, cinco. Yo soy de las que, si no encuentra medias negras, se las pone grises, y tan contenta”. Laura, iconoclasta de la moda y persona que resulta elegante incluso cuando no acierta, bebía un rico mojito al tiempo que explicaba, divertida, cómo le duele gastarse el dinero en ropa. “¡Qué va! Yo no soy de las que me gasto mucho en ropa, todo lo contrario. El otro día me compré con una amiga un cinturón que me costó 100 euros y aún me estoy acordando. Sí me gasto dinero cuando viajo, cuando compro ropa fuera. Aquí no. Por ejemplo, me encanta comprar cosas en el Rastro de Madrid. En esos puestos llenos de ropa horrible siempre puede encontrarse algo bonito, original y ¡barato!”. Luego Laura confesaba que, por increíble que nos pueda parecer, no tiene demasiado espacio para su ropa. “Antes sí, antes yo era la reina de la casa. Pero ahora, desde que nos mudamos, Beltrán –Gómez Acebo, bisnieto del Rey Alfonso XIII, su marido- y yo tenemos el espacio perfectamente delimitado: la mitad del vestidor es para él, la otra mitad, para mí. Tales cajones son suyos y tales otros son míos. Y que a ninguno se le ocurra pasarse ni medio centímetro –Laura se reía mucho, desde luego es una mujer divertida y dicharachera-. ¿Dices que te contó Beltrán hace poco que estaba muy enamorado de mí? ¡Pues ya me lo podía decir a mí! –bromeaba-. Sí, es simpático, pero sólo cuando quiere, ¿eh?”. A continuación nos contó más cosas, como que a ella la crisis no le preocupa porque desde los 19 años ha trabajado en todo y siempre ha sabido buscarse la vida, o que no es “para nada” una persona “internauta”, o que le gusta el tema del diseño (para el aniversario de la marca de ron había diseñado unos zapatos) pero que desde luego se considera, simplemente, aficionada.
El otro día este cronista era invitado a un programa de televisión para hablar de las mujeres más elegantes (ya ven qué cosas). La contertulia que estaba a mi derecha, una chica joven, muy mona ella, aseguraba con fiera convicción que para que una mujer sea elegante ha de estar delgada y ser mayor. Me pareció una banalidad relacionar la elegancia con la edad y una barbaridad hacer lo propio con la delgadez. Sin embargo, desvié el tema y no contrapuse argumentos, pues lo cierto es que no encontré en los archivos de mi memoria una sola mujer rellenita o gorda que hubiera estado en una lista de las más elegantes. ¡Teté Delgado!, debí exclamar. Pero no se me ocurrió.
En El diablo se viste de Prada, Andy (Anne Hathaway), la joven protagonista de la película, abandona su propia vida seducida por el lujo, el glamour y los falsos oropeles del mundo de la moda a los que le lleva su nuevo trabajo como ayudante de Miranda (Meryl Streep), la poderosa directora de una de las revistas de tendencias más importante de EE UU. Hasta que al final, una vez que Andy ha logrado adaptarse a su puesto y ha conseguido ganarse la consideración y el respeto de Miranda, decide, para pasmo y estupefacción de su ínclita jefa, tirar el tortuoso móvil a una fuente y abandonar el (supuestamente) importante trabajo, pues comprende que lo que había perdido (su novio, sus amigos, la tranquilidad, su propia vida) era mucho más importante que lo que había ganado (bolsos de Prada, zapatos de Manolo Blahnik, promesas de un futuro abanderado por el lujo y por la fama, actos con gente presuntamente relevante). Parece evidente que Andy había comprendido que la felicidad a veces viaja con nosotros sin que nos demos cuenta. Que la felicidad no tiene cabida en una casa imponente ni en un bolso de mil euros ni un rostro envejecido sin arrugas. Que, en definitiva valemos lo que verdaderamente somos, y no al revés.
No me gusta felicitar la Navidad y no llego a entender por qué hay quien se acuerda de mí exclusivamente por estas fechas. Sin embargo, he querido terminar mi última crónica del año con el esperanzador mensaje que nos propone la divertida comedia de David Frankel para invitarle, querido lector o lectora, a ser feliz. Para que afrontemos (me incluyo) 2009 con la ilusión del que aún es capaz de sorprenderse con las pequeñas cosas, insignificantes en apariencia y enormemente valiosas en realidad, como pudieran ser una cena con amigos, el abrazo de un hijo, un ramo de violetas, un verso olvidado, la sonrisa cómplice de un desconocido, un beso mágico, un fugaz susurro al oído bajo las sábanas. Feliz año nuevo.
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El sueño de Ibiza (publicada en junio de 2008)
Le robo el título de esta crónica a la triste película de Igor Fioravanti para hablarles de Ibiza, quizás la isla más hedonista del mundo, y de la presentación de Pachá. 40 años de historia, el precioso y pesado volumen (¡más de cuatro kilos de papel!) que acaba de publicar la editorial Planeta. Un grupo de jóvenes y no tan jóvenes periodistas, recién llegados de Madrid con los gastos pagados, buscamos algo preocupados al relaciones públicas del evento. Por la sala del Hotel Pachá en la que tendrá lugar la presentación, observamos cómo pasean gogos de la discoteca y gente de lo más variopinta.
Cada cual es diferente, nadie se repite y todo el mundo está lejos (en indumentaria, rasgos, incluso pose) de lo que habitualmente podemos encontrar en las fiestas madrileñas. Pero famosos, lo que se dice famosos, ni rastro. Una joven reportera de un programa de corazón decide llamar a su jefe. Éste le dice que guarde la cámara, que se olvide de las entrevistas y que se dedique, simplemente, a pasárselo bien. Sin famosos no hay pieza posible. Entre los colegas de profesión está María Eugenia Yagüe, periodista de largo recorrido y de indiscutible buen hacer profesional (cualidad que le reconocen incluso sus acérrimos enemigos). Ella ha venido a cubrir el evento para el programa Está Pasando y para el periódico de tirada nacional en el que trabaja. Cuando se entera de que los periodistas más jóvenes no sabemos qué grabar o escribir sin famosos, improvisa un mohín de reproche y nos dice: “Por supuesto que esta noche hay noticia. Ibiza y Pachá, que es de lo que trata el libro, tienen ya fuerza en sí mismas y no necesitan del famosillo de turno. Los reportajes y las crónicas a veces hay que pelearlos. Y aquí hay un reportaje muy bonito, muy bueno. Además, sí que hay gente conocida en esta fiesta, ¿acaso no sabéis quién es Ricardo Urgell?”
Ricardo Urgell y su hermano Piti, ambos pletóricos e ilusionados esta noche pese a que ya no son los muchachitos cargados de ilusiones que eran, fundaron el primer Pachá en Sitges en el 67. El paraíso gay que hoy es Sitges ya se iniciaba por entonces en la marcha nocturna más heterodoxa y original, y los jovencísimos hermanos decidieron montar algo distinto en aquellos años en que –me explica Ricardo- “se hacía de todo pese a que todo estuviese prohibido. No como ahora, que todo está permitido pero no se hace nada”. Y montaron así una discoteca que traía aires nuevos y que prometía ser el principio de un imperio de nocturnidad y diversión en el que, efectivamente, se ha convertido la marca. Pachá Ibiza, quizás la mejor discoteca del mundo, llegaría en el 73, una época en la que, en la isla, el lema del hippismo ‘vive y deja vivir’ reinaba como visión colectiva y propia de sus gentes. Por entonces Ricardo Urgell era un jovencito soñador que hacía esquí náutico y montaba a caballo con mujeres desnudas, como puede apreciarse en algunas de las más de 2200 fotografías de Toni Riera que están en el libro. Han transcurrido 40 años y, con el pelo encanecido y algunas arrugas en el rostro, ahí sigue Ricardo, feliz y nostálgico, saludando a unos y a otros, recordando las anécdotas y el glamour vivido en los años dorados de una isla que hoy, dicen, ya no es lo que ayer fue.
(foto: Ricardo Urgell y su hermano Piti, modelo portada del libro, Toni Riera)
En la fiesta, que sirve también de inauguración de la temporada, se encuentra, ataviada con un vestido amarillo y con una conseguida peluca, René, la impresionante modelo de la no menos espectacular portada del libro. Ésta, que ha protagonizado importantes campañas publicitarias en nuestro país y que hace unos años fue burbuja Freixenet para el anuncio más caro de la tele, me cuenta que trabaja más en Alemania porque ahora, dice, en España no hay tanto trabajo para negras (sic).
En la sala se encuentra, asimismo, Marieta Orozco, que es una actriz (pueden recordarla por su personaje en Barrio, de Fernando Leon) muy simpática que pronto emergerá del olvido cinematográfico como “vendedora de felicidad” en Mentiras y Gordas, película de Menkes y Albacete cuyo rodaje acaba de terminar en Alicante. Marieta, que luce el vestido más mini que el que escribe ha visto en años, busca a su hijito pequeño mientras intercambia sonrisas con unos y otros. Otra joven actriz que ha volado hasta Ibiza y que se divierte con unas cuantas amigas que no paran de reír, es Carola Baleztena, una rubia muy mona a la que conocemos por Al salir de clase, Paraíso, Nada es para siempre y a la que ahora podremos ver como amiga de la nueva Bea La Fea en Boulevard 21, serie que pretende continuar con el super éxito de Telecinco.
Digan lo que digan los nostálgicos, gente que recuerda con bella melancolía los años en que la isla era un hervidero de almas descarriadas que se acogían a la libertad y a la tolerancia como salvavidas personal, es evidente que aún hoy nadie puede luchar contra Ibiza en lo que a marcha y diversión se refiere. Ahora mismo, tras cubrir el acto y cenar en el restaurante de Pachá, ha llegado el momento de perdernos entre las profundidades de la discoteca.
Servidor no puede evitar sorprenderse ante la multitud abigarrada que se mueve al ritmo del techno, entre performances, extraordinarios gogos y luces centelleantes multicolores. “Pero si es martes y aún estamos en junio, ¿cómo puede haber tanta gente bailando? En el resto de España, incluso en Madrid, sería inconcebible algo así…”, le pregunto a Verónica, la amable chica de prensa de la editorial que, junto a su compañera Mónica, ha organizado el evento. “Pero tío, ¡que estás en Ibiza!”, responde Verónica, al tiempo que se echa a reír y sigue bailando.
Les recomiendo el libro, ya disponible en librerías (eso sí, no olviden ir a recogerlo con una maleta o con un fortachón colgado del brazo), pues en él se repasan en imágenes los cuarenta años de experiencias vividas en una discoteca por la que ha pasado la gente más variopinta que incluso la persona más moderna y viajada pueda imaginar, desde los artistas más extravagantes e indisciplinados hasta los más consagrados y admirados. “La noche para mí más extraordinaria de cuantas he vivido en Pachá Ibiza fue una con los Rolling Stones”, me cuenta Joseph Sandoval, periodista de La Vanguardia que también ha venido a cubrir el acto. Definitivamente, con el libro usted podrá, querido lector o lectora, revivir e incluso compartir los inolvidables momentos vividos por aquellos jóvenes y no tan jóvenes para los que demasiado nunca fue suficiente. Jóvenes que, de una u otra forma, vivieron su sueño. El sueño de Ibiza.
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Las joyas de Lolita
A Lolita Flores no le pueden ir mejor las cosas: vive enamorada, estrena película en breve (El libro de las aguas), su familia y sus amigos la adoran, trabaja en la tele (colabora en Espejo Público) y su faceta como diseñadora va viento en popa a toda vela. Porque si hace unos meses presentaba su colección de complementos para verano (toallas, sombrillas…), el otro día hacía una fiesta con motivo de la presentación de una preciosa colección de joyas que ella misma ha diseñado para la firma EBO, “una colección de piezas en plata y oro para mujeres de todas las edades”, contaba la artista. Collares de perlas, aros de brillantes, brazaletes, pulseras gigantes… con un denominador común: “la Gitana” de Lolita, el homenaje a la inolvidable Lola Flores. Al evento, que tuvo lugar el otro día en el lujoso y céntrico Hotel Me, acudió una heterodoxa multitud de amigos y periodistas de la cantante quien, por cierto, no dejó de recibir parabienes y múltiples gestos de cariño en toda la noche. Ella exultaba de alegría mientras iba de aquí para allá saludando a unos y a otros, con una permanente sonrisa en su rostro, con aires de persona feliz. Pablo Durán, su pareja, estuvo pendiente de ella toda la noche y, a juzgar por los gestos cómplices y por las miradas que se intercambiaban, parece evidente que se profesan un amor que no entiende de crisis sentimentales. Se conocieron a finales de 2005, sobre los escenarios, merced a la obra Ana en el trópico. Porque Durán, además de un hombre accesible, simpático y pareja de Lolita, es actor. “Yo entiendo que soy el novio de Lolita y que ella es muy conocida y querida por el público, claro. Pero también quiero que sepáis que yo soy actor, que estoy ensayando una obra de teatro que podréis ver muy pronto”, explicaba el cubano, quien además mantiene una estupenda relación con Elena Furiase que, como no podía ser de otra manera, también estaba presente en la fiesta.

Con un jersey rojo de cuello alto y el pelo perfectamente planchado, la hija de Lolita, quizás la verdadera joya de su madre, me contó que, a sus 20 años, no puede estar más contenta. Y es que motivos no le faltan. Los fines de semana va de gira con la obra Olvida los tambores, entre semana rueda capítulos de la exitosa serie El internado y, por si todo esto fuera poco, estrena estos días El libro de las aguas, película dirigida por Antonio Giménez Rico en la que, además, ha trabajado con su madre por primera vez. Cuando le conté a Elena que Jorge Sanz (que también tiene un papel en el filme) me dijo hace poco que la consideraba una actriz maravillosa, ella suspiró y exclamó: “¡No puede ser! ¿Ves? Esto que te ha dicho Jorge me sorprende muchísimo, me emociona. En la peli conocí a mucha gente muy profesional, por ejemplo a Álvaro de Luna, que está hoy también en la fiesta. Todo el mundo me cuidó… y encima hablan bien de mí. La verdad es que no me puedo quejar, ¡estoy como en una nube!”. Y es que todas las críticas que ha recibido son positivas, y no dejan de llegarle ofertas de trabajo, algo que a la joven actriz le abruma un poco. “A veces pienso –me contaba Elena- que a ver si todas estas críticas positivas o este comienzo tan bueno no se volverán contra mí de repente… estoy muy feliz, pero, como te digo, a veces siento un poquito de miedo. ¡Imagina que dentro de dos años nadie se acuerda de mí! Yo espero que no sea así, espero poder mantenerme en este trabajo, al menos vivir de él… ¿Que si tengo tiempo para ver a los amigos? La verdad es que no, salgo muy poquito, en ocasiones como la de hoy y poco más. ¡Sí! ¡Por supuesto que tengo mi grupo de amigos! Los de la profesión y los de toda la vida. Y claro que me gusta salir de marcha, soy una fiestera y me encanta el vino blanco, pero ahora mismo hay que sacrificarse un poquito y no salir tanto. O si salgo pues trato de llegar a casa más prontito, nada de mañanadas. Y no, de novios nada de nada. Estoy sola. Hombre, no te digo yo que no ligue alguna vez, soy joven y me gusta divertirme como a todo el mundo, pero nada serio. ¿Que qué tal llevo la popularidad? Bien, muy bien. Viniendo de la familia que yo vengo es algo que va unido, algo que hay que saber llevar. Y además sé que hay que tener buena relación con la prensa, que hay que respetar vuestro trabajo y que vosotros tenéis que respetar nuestros momentos de intimidad. Con respeto y un poco de sentido común todo llega a buen puerto”.
Rosario Flores también estuvo presente en el Hotel Me, al igual que un montón de gente conocida. Quedó demostrado que Lolita cuenta con una amplia red de variopintas amistades que nada tienen que ver entre sí: lo mismo te cruzabas con los actores Álvaro de Luna, Pepón Nieto o Mariola Fuentes que con Massiel (con una gorra no demasiado favorecera), Marujita Díaz o Carmen Sevilla, que lo mismo te dabas de bruces con Cristina Tárrega (más delgada que en la tele), Jesús Mariñas o con Alfonso Llopart, el eficiente y encantador director de la revista Shangay.




