nota para el lector o lectora: por problemas organizativos y temporales, en esta sección sólo figuran algunas de las muchas entrevistas que se hallan en algún lugar de mi ordenador. Prometo seguir incluyendo algunas otras poco a poco
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PROVOCACIÓN INNATA
El día de nuestra cita, Loles León llegó con mala cara y el pelo desarreglado. “¿Estás cansada?”, le pregunté al instante. “Muy cansada, es mi único día libre de toda la semana y aquí me tienes; encima tengo gripe, y muchas cosas pendientes por hacer. Estoy harta de tener que levantarme todos los días a las 5:30 para rodar”. Se refería a Manolo y Benito Corporeison, serie de Antena 3 TV a la que se subió en 2007, continuación de la exitosa Manos a la obra. Tras el fracaso estrepitoso de Fuera de control, serie de TVE en la que compartía protagonismo con Amparo Larrañaga, estaba de nuevo en una serie prime time con esta comedia facilona en la que volvía a hacer el mismo papel al que nos tiene acostumbrados últimamente: el de mujer histérica y graciosa a partes iguales. “Estoy hecha para interpretar papeles muy diferentes y lo he demostrado, pero ahora no me los dan. Estoy encasillada con ese papel que tuve en Aquí no hay quién viva. Estoy hasta la coronilla”. Se refiere, evidentemente, a la serie que abandonó por desarreglos económicos con la productora, generando poco menos que un drama nacional. Los más de seis millones de espectadores de esta exitosa serie deseaban por encima de todo que Paloma Hurtado abandonara el coma y volviera a ser la de siempre. Pero no pudo ser.
–¿Te has arrepentido alguna vez de no haber llevado a buen puerto las negociaciones con la productora de José Luis Moreno? –Nunca.
Así de rotunda se muestra Loles León cuando uno intenta que le explique por qué se fue de la serie de mayor éxito que se recuerda y por qué no atendió a los miles de gritos anónimos que le rogaban su vuelta. “Mira que se ha ido gente de AQNHQV, y no ha pasado nada, pero me fui yo y parecía un tsunami o un terremoto. Nunca antes ha sentado tan mal que un actor o actriz se vaya de una serie”. Es obvio que está cansada de hablar del tema, que ya le han preguntado por lo mismo demasiadas veces, que en este momento lo que le desea (lógicamente) es pasar página, por lo que decido no insistir más y desviar el asunto. Conocí a Loles León en una comida de mujeres que organizo de cuando en cuando. Al instante descubrí que era una mujer feminista, guerrera, difícil de carácter y con las ideas muy claras. Hay quien dice de ella que es una diva, pero yo creo que no es verdad. Si algo no le gusta, se enfada, protesta, grita, discute, por supuesto, pues tiene genio y criterio propio, pero no va de nada, mucho menos de famosa, y jamás marca distancias con nadie. Además, el cabreo (justificado o no) es momentáneo: se va tan pronto como ha llegado y ella vuelve a ser una Loles León divertida que está “harta de ser tan divertida”. “Últimamente estoy muy joia por culo y no soy tan dicharachera como antes. Ahora estoy enfadada con el mundo, con todo lo que se me cruza”, y tras decir esto nos echamos a reír, aunque no fuera del todo broma lo que dijo.
- ¿Qué tal se lleva el efecto de la popularidad?
- Cuando salgo a la calle sufro la tiranía de pertenecer al público, lo que a veces no me resulta fácil. No siempre está una para agradar y satisfacer a todo el mundo, ideal, simpática, entregada, dicharachera, graciosa. Como cualquiera, tengo mis momentos de joía por culo –es la segunda vez que utiliza esta expresión– en los que si alguien me dice: “Quiero que te hagas una foto con mi cuñá”, pues lo mando a freír espárragos. Pero se sobrelleva, ¿eh?
- Almodóvar ha sido una pieza fundamental en tu formación como actriz. ¿Cómo le conociste?
- Lo ha sido, por supuesto. Yo tenía un espectáculo en Madrid, en el café Maravillas. Él vino al estreno y le gustó tanto que aparecía casi todas las noches por allí. Al poco tiempo me ofreció un papelito pequeño en una película que estaba preparando –Mujeres al borde de un ataque de nervios-. Se entusiasmó conmigo y alargó algo mi personaje. Luego me escribió un papel más importante en Átame, que fue su siguiente película. Y la que más cariño tengo de toda mi carrera como actriz.
- ¿Ha sido Almodóvar un provocador necesario?
- Sí, claro. Para España ha sido un transgresor que ha roto todas las barreras en el cine, y ha llevado el cine español a todos los rincones del mundo.
- Y tú, ¿provocas de forma natural o para ganar voluntades?
- Nací provocando.
- ¿El escándalo está en los otros?
- Sí, porque ante todo tipo de exposiciones rompedoras, el que se escandaliza es el que se refleja en el espejo. Y es porque desea de alguna manera lo que está viendo. El deseo te hace que grites, te escandalices, te pone en movimiento y revoluciona tu mente y espíritu. Como te he dicho, yo nací provocando, pero para mí no es provocación ni es escándalo, lo veo como algo natural.
- ¿Tú familia siempre ha aceptado tus pasos?
- A veces sí, a veces no. En alguna ocasión han querido cortarme las alas y que fuera una persona convencional, que fuera tranquila y silenciosa, que no montara pollos, pero eso era muy difícil de conseguir porque yo nací bastante salvaje y sigo siendo bastante salvaje.
- ¿Has leído este artículo? [le enseño un texto que publicó Carmen Rigalt en la contraportada de El Mundo comentando la manifestación contra el terrorismo, que tuvo lugar en Madrid, en el que la nombra y en el que dice: Los artistas utilizan el casposeo como vehículo de reivindicación]
- Sí, lo había leído. ¿Ve Carmen Rigalt una manifestación como algo casposo?, ¿no está bien salir a la calle a reivindicar la paz? A mí la Rigalt me encanta pero creo que cuando escribió este artículo andaba un poco despistada.
Loles León sube el tono de voz en este momento. Se enfada muchísimo y por un momento pienso que bien podría haberme ahorrado esta pregunta. Es muy de izquierdas, y se nota que determinados temas le duelen mucho. La dejo que hable y se desahogue mientras permanezco callado durante un rato. “No somos niños mimados o rebeldes o enfant terribles, no. Estamos hablando de vidas humanas, no de tonterías, cuidadito. Somos actores que tenemos una plataforma y la utilizamos para reivindicar que no se asesine más. Si somos nosotros los que conseguimos arrastrar a la ciudadanía a la calle para pedir algo tan importante como es la paz, bienvenido sea, ¿no?”
- Cambiando de tema, ¿interpretas algún papel en la vida real?
- Sí, a veces. Si quieres que vengan a arreglarte la conexión a internet, por ejemplo, tienes que ser melosa, porque ellos tienen el poder de ir o no; o con los que vienen a arreglarte la calefacción o el toldo de la terraza. Con todos ellos tienes que poner vocecilla mientras te haces la gatita.
- ¿Cómo deseas que sea tu futuro?
- Con mucho dinero para no trabajar tanto, quiero ser rica. Estoy cansada de levantarme a las 5:30. Pero no me queda otro remido que hacerlo.
- Las relaciones que has tenido con hombres, ¿las has vivido cada una como única?
- Sí, porque he sentido cosas diferentes con cada hombre con el que he estado. Lo que no varía con todos los joíos por culo –tercera vez- es la convivencia. Son todos iguales.
- Parece que no has conocido el amor verdadero.
- Antes creía en el amor, pero ahora no tanto. Creo que más que amor existen los deseos, las ilusiones, la obsesión, la necesidad sexual, las ganas de poseer a alguien, de dar placer y sentirlo. Las feromonas se te ponen en funcionamiento con alguien y lo que quieres es que ese alguien te penetre. El amor es otra cosa, un sentimiento que se cubre con otro tipo de personas, con los amigos, con los ancianos, los niños, no con tu pareja. No puede ser amor lo que sientes por un señor al que a los seis meses estás insultando, llamando de todo y que se está follando a otra.
- ¿Eres tímida en asuntos de conquistas amorosas?
- Al principio, sí, pero luego me suelto. Cuando me gusta un hombre soy muy vergonzosa, hasta que nos enrollamos. Aunque normalmente no nos enrollamos porque no me atrevo a decirle nada. Sólo me he declarado una vez en mi vida y fui rechazada. Ahora lo que me apetece es ligar con el móvil, porque no lo he hecho nunca. Lo del chat lo veo muy difícil para mí, pero eso de estar una noche en un lugar y conocer a alguien que te gusta y que te su dé número de móvil y que te mande un mensajito y tú que le respondes… eso no lo he tenido y me parece fantástico. Quizá con el próximo.
Cuesta creer que Loles León sea tímida, pero ya se sabe que a veces las personas no son como realmente creemos y que uno puede aparentar ante el mundo, a base de máscaras y capas que se ha ido poniendo encima (consciente o inconscientemente), ser lo que verdaderamente no es. Si algo está claro es que Loles León no tiene pelos en la lengua, se permite el lujo de hablar sin tapujos de lo que le da la gana en cada momento. La entrevista fue como un juego en el que ella era lo que se le antojaba ser en ese momento, pero se repitió la idea de que es una mujer luchadora y vivida. Bravo por esta mujer que llegó hace muchos años a Madrid capaz de comerse el mundo a cambio de hacer realidad la ilusión de ser actriz. Y lo consiguió.
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CONOCIENDO A ESPIDO
Nadie puede encontrar Soria Moria por su propia voluntad. Se llega allí por azar, pero nunca cuando se marcha a la búsqueda de ella. Es el hogar de los elegidos, la tierra que la muerte no conoce.
Me encuentro en Nietzsche art & drinks, un local rectangular, alargado, repleto de fotografías modernistas que se encuentra en el madrileño barrio de Lavapiés. Hay una fiesta. Numerosos camareros se pasean con bandejas de diseño y nos ofrecen variados cócteles. Invita Cointreau. La protagonista de la velada es una mujer de aire misterioso, asustadiza y distante a primera vista, cercana y cariñosa al rato, divertida y elocuente en cuanto se la conoce un poco. Una escritora que ostenta el honor de ser la ganadora más joven del Premio Planeta. Entonces tenía 25 añitos y había publicado Melocotones Helados, su tercer libro. Como el lector ya sabrá, se llama Espido Freire. Hoy tiene 33 años y celebra la llegada a las librerías de Soria Moria (Algaida), su última novela, premio Ateneo de Sevilla 2007, la historia de Isabella y Dolores, dos adolescentes de la alta burguesía británica que viven en Tenerife a finales del siglo XIX, dos chicas que no tuvieron adolescencia porque vivieron en un tiempo en el que no estaba permitido tenerla, una época en la que la adolescencia, simplemente, no existía.
Espido, con un vestido muy elegante de Jesús del Pozo, azul, de corte romano, largo hasta los pies, los ojos marrones y brillantes, muy abiertos, me mira y me sonríe y, al momento, dice: “Donde tú quieras y cuando tú quieras”. Avanzamos, atravesando el local cuan largo es mientras apartamos a la turbamulta, la mayoría amigos que quieren besarla y felicitarla. Entre estos figuran gente tan diferente como Berta Dehesa y Carmen Ruiz (ambas ex actrices de Yo soy Bea: “No, ya abandonamos la serie”), Joaquín Pérez Azaústre (joven escritor cordobés) o los actores Eloy Arenas y Eloy Azorín (padre e hijo). Finalmente nos sentamos en unos cómodos sofás que hacen de la esquina el lugar más confortable del local.
¿Cómo va tu estado de ánimo? No estoy muy segura (ríe); Estoy contenta, claro, pues las opiniones sobre la novela que me van llegando hasta ahora son buenas.
Scott, en tu novela, dice: “No deseo pensar en el futuro porque, como las ondulaciones de la trinchera, quién sabe qué esconde”. Y tú, ¿miras hacia el futuro mientras vives? Sí, por supuesto, y aunque no mire hacia él con demasiado optimismo sí lo hago con una idea de lucha, de reto. Cuando se ponen las cosas difíciles, pienso: “No pasa nada, vamos a ver quién puede”. Yo siempre he tenido un punto depresivo, pero poco a poco he ido adoptando la tenacidad, la constancia que siempre me ha enseñado mi familia.
Mujer guapa, joven, con éxito, ¿por qué no ser optimista? Porque tengo una visión demasiado global del mundo como para alegrarme sólo por mi éxito. Y, al fin y al cabo, somos seres dramáticos: estamos condenados a morir, ¿no?
¿Qué cosas te dan miedo? Las rejillas, por ejemplo, les tengo fobia. Nunca puedo pasar sobre ellas. Siento un miedo irracional a determinadas pérdidas, de mis amigos, de mis gatas, aunque no tenga por qué pasarles nada.
¿Eres mujer de mantequilla o de hierro? Mi apodo en la universidad era La Dama de Hierro, con eso ya te he respondido. Sin embargo, en ocasiones tengo la sensación que doy la imagen de ser una mujer débil. No lo soy, no necesito protección ni busco a nadie que me proteja y me mime. Soy muy vasca.
¿Tienes, como Linda en tu novela, cierta tendencia a la melancolía?
Sí, siempre la he tenido. Creo que es una cuestión de carácter, de constitución. Me gustaría ser más alegre, y más vital, y muchas cosas más (ríe).
Te hago una pregunta que se hace Dolores: ¿Cuántas veces hay que verte para enamorarse de ti?He experimentado alguna vez, de forma muy halagadora, cómo alguien se enamoraba de mí de un flechazo. Eso sí, creo que más que verme hay que escucharme.
¿Y cuántas veces hay que escucharte para conocerte?Aunque quizás mi aspecto físico no dé esa impresión, creo que soy bastante transparente. Me sorprende que haya quien piense que soy misteriosa o distante. No es cierto, aunque me gustaría.
¿Es necesario cuidar la vanidad? No, la vanidad y el ego hieren constantemente a uno mismo y a los demás. Hay que cuidar las pequeñas coqueterías, que es bien distinto.
Cecily le dice a Dolores: Nunca serás admirada si lo que te mueve en la vida es despertar admiración. Hace falta un cierto desapego, una indiferencia que muy difícilmente puede ser fingida. ¿Estás de acuerdo con ella? Es una de las pocas frases de Cecily, una mujer terrible, que yo suscribiría. Yo creo que es la definición clásica de la elegancia, y al mismo tiempo de la sabiduría. Quien busca desesperadamente la sabiduría, o la belleza, o ser amado, no lo va a conseguir.
A Thomas y a Scott les miraban, cuando llegaron a Tenerife en el Siglo XIX, con sospecha, ¿a quién miras tú con sospecha? Aunque sea un tópico, he de decir que cada vez me gustan menos los políticos. También miro con sospecha a cierto sector de la prensa que, teniendo un poder infinito, muchas veces no atiende a las necesidades reales.
¿Qué o quién te cambió la vida? Una de ellas fue el hecho de que me descubrieran para la Ópera, en la adolescencia. Fue un antes y un después para mí. Y ya, de más adulta, mi estancia en Noruega, cuando viví allí por nueve meses. Cuando regresé tenía bastante más claro por dónde quería ir. De vez en cuando tengo el anhelo de regresar…
¿En qué momento te diste cuenta de que querías ganarte la vida escribiendo? La decisión la tomé con 16 años, pero tardé algo más en materializarla, porque no me lo creía del todo. No tenía ningún contacto, ningún escritor en mi entorno, todo el mundo me decía lo complicado que era…
¿Y en qué momento te diste cuenta de que podrías vivir de la escritura? Cuando me contrataron la primera traducción al alemán, a los tres meses de publicar Irlanda, mi primera novela. Fue cuando dije. “Esto está hecho” (ríe). Creo que ahí también se lo comenzaron a creer mis padres.
¿Te resulta fácil escribir? Sí, otra cosa es hacerlo bien. Pero escribir, en cuanto a la grafomanía, desde siempre.
¿Nunca has sentido el miedo al folio en blanco? Nunca he tenido un bloqueo. Siempre estoy pensando, de forma que ya lo tengo todo muy estructurado cuando me siento a escribir.
¿Cuáles son tus aficiones? Leer, me encanta el cine, ir al monte, la gastronomía, los animales. Tengo cuatro gatitas.
¿Eres extravagante? Ya me gustaría, pero no. Mi mayor extravagancia es que me gusta la moda, algo poco habitual entre escritoras.
¿Cuál es el tópico que más detestas de los escritores y las escritoras? Esa especie de halo de sensibilidad y de superioridad intelectual que se presupone muchas veces. Yo he conocido cactus con un mayor interés en el ser humano que algunos escritores o escritoras.
Tu mayor defecto es… La fuerza de voluntad,
Y tu mayor virtud… La vagancia. Pero por suerte la contrarresto con la fuerza de voluntad.
¿Crees en el cielo? No.
¿Quiénes son tus héroes en la vida real? Te respondo con una frase de mi padre. Cuando gané el Ateneo de Sevilla, le pregunté: “Papá, ¿tú estás orgulloso de mí?”, a lo que me respondió: “Yo estoy orgulloso de toda la gente que hace bien las cosas y que no hace daño a nadie”. Lo suscribo. Esos son mis héroes.
¿Cuáles son las cualidades que deseas en un hombre? El atractivo y la inteligencia.
¿Has encontrado el amor apasionado? Sí, pero como todos los amores apasionados duran menos de tres años.
Espido rompe a reír y yo con ella. Mientras, algunos de sus amigos me dedican miradas inquisitivas. Quieren estar con ella, lógicamente. “Vale, creo que hemos terminado, ahora los lectores de Osaca te podrán conocer un poco más, y quizás, con algo de suerte, alguno compre tu novela”, le digo, dando por concluida la entrevista. “¿Te ha gustado Soria Moria?”, me pregunta Espido, los ojos redondos como platos. “Mucho. Me ha gustado mucho”, le digo, y se lo digo de verdad. “Pues vamos a disfrutar de la fiesta”.
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NURIA Y EL SEXO
Puedo contar con orgullo profesional que he sido la primera persona (sin contar, obviamente, a su marido, a la editora, a algún amigo íntimo) en leer Sexualmente (editorial Espasa), el libro que Nuria Roca presenta ante los medios de comunicación, creo, el próximo cuatro de octubre. El otro día, mientras desayunábamos Nuria y yo en una cafetería del centro de Madrid, me preguntaba, extraordinariamente interesada, qué me había parecido. Cuando le respondí, siendo absolutamente sincero, que es ameno, muy, muy divertido, a veces tierno, y le dije además que creo que va a ser un éxito aceptable y que va a sorprender mucho a la gente, una expresión de gratitud y sosiego le dibujó el rostro a través de una tierna sonrisa. “Ha sido muy duro, ¿sabes? Yo he sufrido mucho porque, mientras escribes, ¿cómo tener la seguridad de que llegarás a la meta?”.
Antes, mucho antes, hará unos 15 años, era una jovencita estudiante de Arquitectura que buscaba dinero incluso debajo de las piedras para poder hacer realidad la ilusión de un viaje de fin de carrera. Así, fue a un concurso de la tele ya que “aunque perdieras, ganabas 50.000 pesetas como mínimo”, pero no perdió, al contrario, participó tres días, los suficientes para que un cazatalentos se fijara en su potencial comunicativo y le ofreciera hacer televisión y, por tanto, olvidarse de los complicados diseños de los edificios. Nuria aceptó el reto como si de un juego se tratara, y sólo comenzaría a tomárselo en serio años más tarde, cuando la cadena de programas por ella presentados era tan larga y variada (Informativos, Waku Waku, La selva de los famosos, UHF, Nada personal, Nos pierde la fama, Factor X…) que no le quedó otro remedio que aceptar la realidad de su auténtica profesión.
Pronto la veremos de nuevo en Cuatro, pero ahora va a reservar un tiempo considerable para la promoción “en cuerpo y alma” de Sexualmente, que sale a la venta muy pronto con la nada desdeñable cantidad de 14.000 ejemplares en la primera edición. Una apuesta editorial importante para un libro que, sin duda, dará mucho que hablar. Y es que la imagen que de Nuria tiene la mayoría de la gente (todos los que no la han escuchado en el Consultorio Seximental que tenía en el programa de radio de Pablo Motos, en M80) suele ser la de una presentadora algo mojigata, una chica cándida que ha roto muy pocos platos en su vida. Y nada más lejos de la realidad, pero ya se sabe que a veces los famosos no son como en realidad creemos, y desde luego Nuria lo va a demostrar, con creces, a todo el que desee leer su libro, una suerte de “anécdotas sexuales” contadas en primera persona, reales o imaginarias, entre las que se intercalan las opiniones siempre atrevidas sobre asuntos sexuales de la presentadora. Y así es como, en clave de humor, lo mismo habla de la incompatibilidad entre la convivencia y el deseo sexual (todos tenemos nuestras miserias y tarde o temprano quedan en evidencia al estar permanentemente bajo el mismo techo… el deterioro de una relación queda reflejado en cómo el hombre va variando su forma de hacer pis… la convivencia es la muerte del deseo) que de las diferencias existentes, según ella, entre el placer, el gusto y el gustito (el placer tiene que ver con el final de las cosas… para que algo te dé gusto, o gustito, no es necesario que haya un final especialmente brillante… El placer tiene una meta. El gusto, o gustito, es el camino. En el sexo matutino no hay que tener muchas expectativas… haces lo que poco a poco te vaya pidiendo el cuerpo a medida que se vaya poniendo a tono. Sin excentricidades, un misionero correcto, sin demasiada ostentación, sin orgasmos múltiples, ni fuegos artificiales, ni pasión desatada, ni falta que hace. A las ocho de la mañana no tienes el cuerpo para fiestas, así que yo lo único que busco es que me dé gusto, o gustito. Así paso el día mejor, más contenta y capaz de hacer más cosas), o de cómo de importante es el tamaño (Habitualmente a las mujeres los penes no terminan de gustarnos hasta que vamos teniendo experiencia y acabamos por acostumbrarnos a sus formas, texturas, colores, tamaños… Si tengo que ser sincera, a mí los penes pequeños no me gustan nada. Lo siento si alguien se siente dolido, pero el tamaño para mí sí tiene importancia), o de la virginidad (es como la muela del juicio, que no sirve para nada y en cuanto empieza a molestar hay que quitarla de inmediato para no volver a recordarla nunca más. La virginidad no es algo que se tiene; es algo que se padece), o de la fidelidad (es antinatural… Es cierto que al principio, cuando el enganche sexual es desorbitado, la fidelidad es algo inevitable… ¿Y luego? Pues te aguantas, porque nunca más a lo largo de toda tu vida volverás a sentir la piel de otro cuerpo rozándote, ni otros labios que te besan, ni otras manos que te tocan. Punto y final. Ya has estado con todas las personas que tenías que estar y no volverás a estar con ninguna otra. Que te enteres. Hasta el último día de tu vida. Nunca más. Se mire como se mire, la fidelidad es una putada).
¿Comprendéis ahora por qué aseguro que dará mucho que hablar? Y esto es sólo un mínimo adelanto de un libro que no pierde fuelle a lo largo de sus casi doscientas páginas. Ella misma explica en el último capítulo que, aunque algunas de las historias no hayan pasado y algún personaje sea inventado, todas las preguntas que te hayan surgido sobre mí mientras lo leías tienen como respuesta un SÍ. Y añade, por si aún quedara duda alguna: Quédate con lo que has leído en este libro, porque la que sale aquí soy yo. Así es como pienso y así es como soy.

Más tarde, le pregunté a Nuria si su marido, Juan, un hombre bastante atractivo que guarda un increíble parecido físico con Hugo Silva (“también me han dicho que me parezco a Imanol Arias, y a Javier Bardem, y a uno de los Estopa”), no se ha enfadado por alguna de las cosas que cuenta en el libro, pero me aseguró que no. “Qué va, se lo ha tomado con un gran sentido del humor”, me dijo, algo que me confirmó él mismo posteriormente, horas más tarde, cuando tuve la oportunidad de conocerle. Mucho más estilizada que hace unos meses, y aún muy bronceada por el sol del verano y de la playa (“siempre he conservado mucho el moreno”) viste con una camisa larga y unos vaqueros que esconden unos altísimos tacones. Cuida su imagen con infinidad de cosméticos (“Uso 6.500 cremas por lo menos, mascarillas, para el pecho, los brazos, la tripa… ¡me paso unos 20 minutos con cada parte del cuerpo! ¿Que si sirven para algo? Sí, claro, las cremas ayudan mucho”) y dos sesiones semanales de gimnasio (“me obligo a ir, aunque lo odie, porque los resultados se notan bastante”), y en su libro, con el que ha tratado de quitar trascendencia al sexo, cuenta en tono de humor toda suerte de “experiencias sexuales” que “no necesariamente” le han ocurrido a ella. Es una mujer cuya belleza, tan universal como la de un paisaje en el ocaso, refulge gracias a una simpatía natural. Como un don de Dios (o de la Diosa, o de la ciencia, o del Todo Único Creador).
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EL NIÑO ILUSIONADO
Conocí a Màxim Huerta hace dos años en una cena de gala que celebró el “Club de las 25” en el Hotel Palace de Madrid. Compartimos, junto a ocho personas más, una elegante mesa redonda y una comida digna de un restaurante cuatro tenedores. Aunque aquella noche solo intercambiamos un par de frases intrascendentes, ya adiviné en él algo que confirmaría más tarde: que es un chico deliciosamente soñador, lo más parecido en versión adulta a un niño inocente y despistado capaz de ilusionarse con cualquier cosa. Carcajeaba cada dos por tres, sonreía todo el tiempo, bromeaba entre susurros con su acompañante, canturreaba por lo bajo como un pajarillo. Transcurrió un año hasta que volvimos a coincidir, esta vez en un estreno de teatro. “Yo te conozco. El año pasado cenamos juntos un día, ¿lo recuerdas?”, le pregunté cuando tropezamos bajo el dintel del Bellas Artes. Él me respondió con una mirada repleta de interrogantes que traspasaban el cristal de sus gafas. “Oh, lo siento, no lo recuerdo”, reconoció luego. A partir de aquel día, gracias a una serie de encadenadas casualidades, recomendaciones recíprocas y afinidades evidentes, hemos hablado muchas veces y, por eso, he podido confirmar que aquellos rasgos de su carácter que ya atisbé en ese primer encuentro en el Hotel Palace eran, y son, acertados. Hoy, en la fiesta aniversario de Vanidad, revista en la que el escribe columna cada mes, Màxim Huerta, co presentador de El programa de Ana Rosa, comentarista en El Debate de Gran Hermano, colaborador de la tertulia de Punto Radio con Ana García Lozano, articulista de varias publicaciones y bloguero de pro, saludaba a unos y otros, bailaba mientras bebía una copa y, en un aparte, me respondió con gracia a las preguntas que le hice.
¿Es necesario cuidar la vanidad? La vanidad es necesaria, y son necesarios los besos, los abrazos, los espejos, los piropos, las sonrisas, los tequieros, las canciones que suben la moral, las copas, las miradas… Todo lo que sube el ánimo es necesario. Y la vanidad no es un pecado capital. En esta fiesta, ¿no hay demasiado fashion victims? Pero eso es estupendo. Le dan color a los saraos y a las calles que, a veces, son demasiado grises o tienen solo las tonalidades de las paletas cromáticas que dicta Zara. Por una parte me encanta que la moda sea un instrumento de democracia que nos iguale a todos, que todo el mundo pueda lucir una americana o un traje de Cavalli, por ejemplo, aunque sea gracias a H&M. A mí la gente víctima de la moda me parece divertida porque no son en realidad víctimas de nada. Hay que aprender a ver y a ser visto sin miedo a dejarse sorprender. Pasear por la Gran Vía a cualquier hora ayuda y es un buen ejercicio. ¿Y demasiada pose? La pose facilita el trabajo a los fotógrafos. Y en cuanto a la gente que posa… pues que jueguen con sus poses, con su cuerpo y con su sexo. A fin de cuentas no es más que una forma de comunicación no verbal interesantísima para quienes somos observadores ocasionales en estas fiestas llenas de vanidad. Hasta los curas tienen pose. Siendo famoso, ¿es más fácil ligar? Pues no siempre se acerca quien tú quieres, y cuando se acerca, a veces, no quiere lo que pensabas. Así que a veces es muy frustrante, muy complicado. La fama hace que te sientas observado y no actúas casi nunca con total naturalidad. Pero bueno… lo asumo. Son cosas que van incluidas en el paquete del sueldo. Cuando entras a un local y te miran nunca sabes si te miran porque te conocen o porque has gustado… ¡Esa es la gran duda!Entraste en Informativos Telecinco en 1999. Desde entonces no has dejado de hacer televisión. ¿La consideras un seguro de vida? No sé si la tele es un seguro de vida, lo dudo; pero de lo que estoy convencido es que es un buen trabajo, un punto de salida, de llegada, un trampolín, una noria, una casa que te abre puertas de casi todos los sitios. He dicho casi [se ríe mucho]. ¿Lo preguntas por el dinero? Ni que decir tiene que en la tele se gana mucho más que en cualquier otro puesto de trabajo como periodista. Mira, no sé si es un seguro de vida, pero yo sí me siento seguro, y mucho.¿Qué le debes a Ana Rosa Quintana? Haber conocido la feria de abril en todo su esplendor. ¿Sabes lo bien que te lo pasas con ella de fiesta? También le debo dar el salto mortal con triple vuelta del informativo al magacine, lo que me ha dado la oportunidad de buscar nuevos registros, de hacer cosas divertidísimas, de romper el hielo, de volverme a congelar… Lo he dicho ya muchas veces pero no me importa que me conozcan por “el de Anarosa”, cuando ella se va de puente, coge vacaciones o la suplo algún viernes mato el gusanillo que puedo tener de llevar mi propio programa. Oye, y tan feliz. De ella he aprendido sobre todo a callar cuando no hay nada que decir. Ella es de las que se apartan para que el foco también te alumbre a ti, es generosa profesional y personalmente. La televisión puede no durar siempre, ¿lo has pensado? Tampoco voy a durar yo siempre, y eso si que es malo. Morirse es malísimo, ¿no te parece? Claro que lo he pensado, la gente de la tele somos como los futbolistas. El ciclo natural se cierra antes o después y se convierten en entrenadores; pasar a estar detrás de las cámaras, dirigir, tener una agencia de comunicación, sentarse en un despacho como cargo… O retirarse, reciclarse, ir a la prensa, a la radio…. De la tele hay que irse antes de que te sea infiel y te deje de querer. Antes de que llegue a casa oliendo a otro. Lo bonito del periodismo y del periodista es estar siempre a punto de asumir cualquier nuevo reto. Caer en la rutina cansa. Tampoco descarto la docencia en un futuro, pero ahora las cosas van bien en la tele y parece que empieza una etapa más madura, con menos colorines, con más camisa lisa, más cuello alto… Me gustará si llega el día de enseñar. Soy agradecido por lo que recibí y me gustará ilusionar a los alumnos para inculcarles una profesión de raza.¿Cuáles son tus momentos más felices? Los momentos felices son los que comparto con colegas. Últimamente soy más de cenar en casa con amigos y bebernos un par de copas con buena música. Esos ratos y los que paso con mi familia son los más felices. Los que más llenan. Luego están también los sms que te cambian la cara cuando se ilumina la pantalla y pone “1mensajerecibido”. Ahora te voy a confesar un secreto. Este año ha sido raro pero viví este verano un momento que recuerdo como muy feliz y que me marcó en el plano personal y profesional. Presenté por primera vez el programa entero yo solo. Mi compañero Oscar acababa de ser papá y se ausentó. Me hice el programa, me subí al camerino, me desmaquillé y cuando me miré al espejo me dije: “Max, coño, ya has cumplido tu sueño”. ¿Quedaba por decir algo más de lo que ya había dicho? Claro que quedaba, quedaban muchas cosas por decir, pero Màxim Huerta, que cada día se levanta muy temprano para acudir a su cita con Telecinco, se dio cuenta de que era tarde, tardísimo. “Ay, qué dura es la vida del soltero madrugador”, dijo, regresó a la pista en busca de sus amigos y, a los pocos minutos, se esfumó rápidamente por las escaleras de la Sala Wind.
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Una adorable criatura
Noviembre 12, 2007

Son las dos de la tarde y en Madrid el sol calienta tímidamente un frío día de falso invierno. Me encuentro en el portal de un enorme edificio construido a base de ladrillos rojos, sito en “la parte multicultural” del Barrio de Salamanca que es, como todo lector sabrá, una de las zonas más caras de Madrid. Espero a un tipo moreno, abrumadoramente listo y elocuente, de verbo ágil y afilado, histriónico a veces, divertido siempre, un hombre algo gritón que vive en España desde hace quince años y que se llama Boris Izaguirre. Hago sonar el telefonillo, tercero a, y reconozco, obviamente, su inconfundible voz: “Voy, ya bajo, un momento”, y el momento se torna en quince minutos que se me hacen eternos hasta que aparece por la puerta con un divertido gorro y una expresión soñolienta, aunque cariñosa, y dice: “Ya estoy, ¿y el taxi?”.
El taxista que nos transporta a la otra punta de Madrid es un señor mayor, anciano casi, un hombre que a priori no da el perfil del público que sigue a Boris Izaguirre. Pero, por supuesto, le reconoce y le felicita: “Enhorabuena, me gusta mucho verte por la tele”, y es que a este venezolano que llegó a nuestro país como exitoso guionista de culebrones latinoamericanos, ya le conoce y le quiere casi todo el mundo. Se lo ha ganado a pulso, tanto por sus impagables y a veces criticados shows televisivos (los consabidos momentazos) ofrecidos tantos años en Crónicas Marcianas como por la naturalidad de su inteligente simpatía. Su gran descubridora fue Gemma Nierga, quien lo fichó para La Ventana, programa de radio en el que aún colabora. “Nadie me conocía —me explica— y Gemma se fijó en mí, le gustó cómo hablaba, cómo era, le fascinó mi personalidad. Y luego llegó Crónicas, que para mí fue un regalo, una locura, una excitación realmente maravillosa”. Y quizá por eso, porque se divirtió mucho y porque sabe que su deuda con Javier Sardà es muy grande, asegura que no se arrepiente de nada de lo que sucedió en el plató de Telecinco. “No creo en el arrepentimiento, odio el arrepentimiento. Si te refieres a los desnudos te diré que algunos los recuerdo con sumo agrado, como el que se produjo en directo con Miguel Ángel Muñoz. Lo sensacional de Crónicas es que tenía su propio universo, y todos los universos son finitos, uno siempre sabe que alguna vez llegará a la orilla. Además, el hecho de que Sardà y yo fuésemos tan amigos hacía las cosas mucho más fáciles”. Y todavía lo son, y por eso, un lunes por la mañana, el mismo en que por la noche se fallaría el Premio Planeta, cuando los rumores corrían ya como la pólvora, llamó por teléfono a Javier y le dijo: “Hemos compartido juntos tantas cosas que lo único que te puedo decir en este momento es que estoy muy nervioso porque esta noche puede ser muy importante para mí. No te puedo contar más”, pero Sardà lo sabía, ya sabía, porque lo había leído en todos los periódicos, que el premio mejor pagado del solar patrio podía ser para la persona que temblaba como un niño al otro lado del teléfono. Y llegó la noche y Boris Izaguirre no ganó, pero sí quedó finalista gracias a su novela Villa Diamante, un apasionado melodrama de dos hermanas, una hermosa y otra fea, que viven enamoradas del mismo hombre en el Caracas de los años 20 y 50 del siglo pasado, un libro de unas 500 páginas que consiguió escribir a tiempo para el concurso, posiblemente, gracias a los ánimos de su editora, Mercedes Castro, y de Rubén, su marido, las dos únicas personas que lo sabían (“no se lo conté a nadie más”) pero también gracias a su infatigable fuerza de voluntad (“me levantaba todos los días, pasara lo que pasara, me acostara cuando me acostara, una hora antes, y además es que yo escribo en cualquier sitio. Algunas veces, estando en una fiesta, me he apartado del grupo, me he sentado en una silla y me he puesto a escribir. Luego me tomaba una copa y me integraba como si no hubiera pasado nada”).
Y es ahora y no antes, después de varias novelas y algunos libros publicados, cuando Boris Izaguirre siente que ha dado el paso definitivo que lo convierte en un escritor de verdad. “Es mi obra más ambiciosa y lograda, nunca antes había intentado escribir una novela como ésta. Ahora, terminada y premiada, siento que me he convertido en un verdadero novelista, que es lo que quiero ser en el futuro. Sin duda he subido un escalón enorme con este premio”.
Le acompaño a una cuidada sesión de fotos en un estudio y, cuando termina, nos adentramos en un Vips cercano. Cuando Boris estudia la carta, se le van los ojos hacia la foto de una enorme hamburguesa, al tiempo que dice: “No puedo, no quiero engordar, pediré una ensalada. ¿Quieres una quesadilla para compartir?”. Cada dos por tres se acerca alguien que desea darle la enhorabuena por el premio (“¿Ves? Esto es lo maravilloso del Planeta, la gente te felicita por una novela que aún no ha leído”), saludarle o hacerse una foto junto a la estrella de televisión. Él está acostumbrado y aparenta convivir con su fama bastante bien. “He asumido que mi vida privada está en casa y que en el momento en que pongo un pie en la calle quedo sometido a una disciplina. Y es que la fama tiene un poder extraordinario, no se puede elegir, es ella la que te escoge, y entonces te somete a su propia dictadura, te atrapa y ya no puedes sino dejarte guiar por ella. Pero lo llevo con humor, ¿eh? Es un error asumirlo mal”.
—¿Y cómo es Boris en su vida privada?
—Soy una persona muy observadora, más bien callada, por increíble que pueda parecer. Algunas veces, en casa, me quedo horas mirando a una silla, por ejemplo, vaciando mis pensamientos. —En este momento guarda silencio durante unos segundos hasta que una tierna sonrisa aparece dibujada en su rostro, y sólo entonces continúa hablando—. ¿Sabes? Yo alcanzo la felicidad máxima cuando estoy en el salón de mi casa con Rubén, los dos solos, abrazándonos mientras vemos una película.
Rubén es su marido y Boris está muy enamorado de él, evidentemente, pues a lo largo de las casi dos horas durante las que charlamos en el restaurante, su nombre emerge de forma inevitable unas diez veces. “Fue un flechazo, un amor a primera vista que nació hace quince años. La primera vez que le vi, en el pasillo de mi casa de Santiago de Compostela, nos miramos fijamente y recuerdo que vi estrellitas que sin duda vinieron a anunciarme que él era el amor de mi vida. Esa noche se fue y me prometió volver, pero no lo hizo hasta que transcurrieron 24 largos días en los que creí que me iba a dar algo. Desde entonces no nos hemos vuelto a separar. A él no le gusta que le nombre, pero yo no lo puedo evitar”. Entonces, aquella noche del primer y definitivo encuentro con Rubén, Boris tenía 27 años de edad y no le conocía casi nadie. Ahora, a los 42, ya no se siente tan joven: “Hay una prueba que nunca falla: según la resaca que tengas al día siguiente de una borrachera, o sea, de ‘salir con los amigos’, como solemos decir, que es de las cosas más peligrosas que existen en la vida. Si al día siguiente te estás muriendo, te duele todo, es porque ya no eres tan joven, y es cuando tienes que asumir que no puedes aguantar con lo que ayer sí aguantabas. Y eso es lo que me pasa a mí, aunque yo, definitivamente, no lo he asumido todavía”, me dijo, y se echó a reír primero y luego me explicó que se cuida mucho, que tiene tres entrenadores personales (con uno nada, con otro corre por el Retiro, y con el tercero, con el tercero, ¿qué era lo que hacía con el tercero?) a los que adora y que utiliza cremas desde los 16 años. Antes de salir del restaurante, intento sin éxito pedir un taxi por teléfono. Boris propone, una vez da el último sorbo a su café sin azúcar, que caminemos hasta que encontremos uno, y así paseamos durante diez minutos hasta que aparece un taxi con la luz verde iluminada. En el trayecto hacia su gimnasio, le pregunto que por qué le gusta tanto Música para camaleones (informo al lector que se trata de uno de sus libros preferidos): “Me encanta el último Truman Capote, y esa obra tiene unas visiones y unas reflexiones del mundo en el que vivió brillantes y emocionantes; como el relato con su asistenta, o el de un día con su amiga Marilyn Monroe, o el increíble diálogo que mantiene consigo mismo, y luego está esa frase del prólogo absolutamente genial, ¿cómo decía? —en este momento Boris me quita el ejemplar del libro de Capote que tengo en mis manos, comienza a pasar páginas de atrás hacia delante hasta que sonríe, detiene su mirada, y lee— sí, aquí está, cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse. ¿No es fantástica?”¿Showman, escritor, presentador, novelista, animal televisivo, hombre culto, histriónico, silencioso, atípico intelectual?, ¿quién es Boris Izaguirre? Si ahora, varios días después de haber pasado esa tarde de sábado junto a Boris, alguien me preguntara cómo es él verdaderamente, diría, por supuesto, que es todo eso y mucho más, y que por este motivo está tocando el cielo con las manos. Pero también diría…
(Boris se bajó del taxi, se despidió, y ya se iba cuando giró su cabeza hacia mí y me dijo: “¿Prometes que terminarás mi novela y que me llamarás cuando lo hagas para decirme si te ha gustado?”, y sólo cuando asentí sonrió y continuó hacia delante a pasos lentos, esfumándose suavemente entre la multitud de la céntrica calle Serrano)
Diría… que es una adorable criatura.
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CAÓTICA LUCÍA, VITALISTA JESÚS
Ella acaba de publicar Cosmofobia, su nueva novela. Es una de las escritoras españolas que más libros vende. Él no es sólo el presentador más simpático y popular de la tele, sino también un referente homosexual positivo y un hombre comprometido. Juntamos a Lucía Etxebarria y a Jesús Vázquez y mantuve con ellos una intensa conversación en la que se mostraron sin filtros ni reservas.

La cita nos llevó primero a un ático de gran terraza en el que se contempla medio Madrid desde unas vistas imposibles. Es la casa que Lucía Etxebarria tiene en Lavapiés, donde nos recibió, como una gata sumisa y voluntariosa, para someterse a los estilismos requeridos. Son las 9 de la mañana y acaba de regresar de llevar a su hija a la guardería, parece preocupada y algo triste. Una vez tiene su larga melena alisada y el rostro maquillado, nos plantamos a golpe de taxi en el chalé de su “pareja” ocasional, Jesús Vázquez, quien nos da la bienvenida con una sonrisa. Besa a Lucía, nos muestra su casa y ella comienza a estar a gusto, a reír a menudo. Hace mucho calor y Jesús viste con unos vaqueros último grito, unas flip flops y una camisa muy moderna. Lucía con un traje negro sin mangas, cómodo y ligero. Ambas casas son opuestas: la de ella es caos, color, tiene libros por todas partes; la de él armonía, lujo, blancos y negros, equilibrio. Diferentes, pero las dos decoradas con gusto propio. Jesús nos muestra orgulloso los dos cuadros de Barceló que lucen en su amplio salón, así como dos originales enormes del provocador fotógrafo holandés Erwin Olaf, por las que peleó con Alaska en la última Feria Arco. Le gusta mucho este fotógrafo, del que tiene un libro que nos enseña, pasando las páginas lentamente, para que nos fijemos bien en lo que él considera auténticas obras de arte. Parecen mucho más jóvenes, y por un rato pienso que no me importaría tener ya cuarenta años si me sentaran igual de bien que a ellos. A ella se le ilumina la cara cuando habla de su “nena”, de lo “mona” y lo “buena” que es. A él cuando hace lo propio de su marido, estampa imborrable en su presente. Cuenta Jesús que de pequeñín era un chico gordo y con granos, hasta que se quitó la grasa y las gafas y se convirtió en un adonis. Desde entonces su carrera es sinónimo de éxito pese a haber sufrido dos años de largo proceso en el que fue imputado como corruptor de menores. Hasta que se resolvió el caso Arny a su favor, cumplió condena siendo inocente, sufrió paro forzoso y soportó insultos por la calle. Lucía también pasó por momentos bajos cuando, sin esperarlo, se hizo famosa y no supo llevar demasiado bien la que se le vino encima. La entrevista dura más de dos horas y, cuando terminamos de hablar, los tres suspiramos, como si la charla aún quemara por su intensidad.
En la vida, ¿os va tan bien como parece?
LE.- ¡A mí me va fatal! [dice medio en broma, y se ríe]
JV.- ¡Fenomenal! [ríe]. Yo creo que ni a ella le va tan fatal ni a mi tan fenomenal, pero en general no me quejo de nada. Estos últimos meses, años, todo va bien, la fortuna me sonríe. Trabajo mucho, pero a la gente le gusta lo que hago. La mayoría de la gente está peor que nosotros.
Pero, ¿queda algún miedo cuando se ha alcanzado la fama, el dinero, cuando se reciben constantes halagos?
LE.- Tengo miedo al mundo, sufro de cosmofobia. Hay veces que me pregunto por qué he tenido una hija, si todo va al desastre total. También tengo miedo a envejecer, a no ser capaz de manejarme por mí misma.
JV.- Yo no tengo fobias, quizás un poquito de miedo a salir a la calle, a mezclarme, porque por mi trabajo tengo una cara muy conocida. Pero lucho constantemente por no tener miedos, porque parece que hay que tener miedo a todo, a perder el trabajo, a no poder pagar la casa, al terrorismo… Y una vez que tienes miedo eres fácilmente manipulable.
¿Aún hay sueños?
LE.- ¡Claro! Tener la casa de Jesús Vázquez algún día (ríen mucho). Y tener un segundo hijo.
JV.- Quizás tenga el sueño de adoptar con mi marido un niño algún día… Pero no tengo grandes sueños, vivo de pequeñas cosas y bastante inmediatas, me centro en el día a día, mis sueños duran de aquí a las vacaciones, al fin de semana… No me gusta tener sueños porque si no se cumplen es algo frustrante. Si vives entre el pasado y el futuro te pierdes lo más importante, que sin duda es lo que estás haciendo hoy.
¿Cómo se da el paso de ser estudiante de Veterinaria a presentador de La 5 Marcha?
JV.- Entré en la Facultad de Veterinaria simplemente porque me gustaban los animales, no tenía ni idea de qué iba la historia. Un día incluso me desmayé. A mí no me gustaba la facultad, sólo los animales. Me parece tremendo que te obliguen a los 17 años a elegir lo que quieres ser el resto de tu vida, puesto que a esa edad no hay vocaciones claras. Casualmente un día me vio un fotógrafo en la facultad y quiso hacerme unas fotos… Y así empecé a trabajar de modelo y me di cuenta que me gustaban las cámaras. Y el curso siguiente engañé a mis padres y me presenté a las pruebas de acceso de Arte Dramático. Empecé a aprender, hasta que me presenté al casting de Telecinco, y me cogieron. Y hasta hoy.
Lucía, tú has pasado por bastantes trabajos hasta llegar a ser escritora.
LE.- ¡Todos!, trabajé como camarera, como traductora, en una compañía de discos, en la Sony, en Telefónica, en una agencia de noticias, en la Fnac… hasta los 28, que fue cuando vino la Virgen a verme. Cuando trabaja en la Fnac había muchos tiempos muertos, entonces empecé a escribir cuentecitos para mis compañeros y como se reían pues traía más… Y yo decía en broma, delante del ordenador: “Pues lo que escribo me va a sacar de este sitio, voy a escribir un best seller”. Dejé el trabajo porque me desesperé. No tenía ni para comer, pensaba que me iba a morir de hambre. Finalmente una editorial se interesó por Amor, curiosidad, prozac y dudas y empecé a vender y a vender y a vender…
La popularidad, ¿qué tal se lleva?
JV.- Me siento muy querido, es increíble la cara de la gente cuando te ve, el cariño que una persona me transmite cuando me abraza… Lo que pasa es que a veces te sobrepasa o te abruma. Por ejemplo, yo no puedo ir al Corte Inglés. Pero no me quejo, es un precio que pago encantado.
LE.- Lo llevo fatal porque soy muy tímida y que me aborden por la calle es algo que me supera. Mi popularidad es cien mil veces menor que la de Jesús, pero la diferencia es que a él todo el mundo le adora y con respecto a mí existe una mitad que me ama locamente y otra para la que soy su bestia negra. A mí me han llegado amenazas a casa. También hay quien te idealiza y, claro, en realidad no me conocen de nada y si me conocieran se decepcionarían muchísimo. Por otra parte, yo sí voy al Corte Inglés, me monto en el metro como una más, llevo una vida normal.
A los 40, ¿aún sois jóvenes?
LE.- ¡Qué va! Pero atraigo a hombres y mujeres mucho más jóvenes, nunca llegan a treinta. A la gente de cuarenta y tantos no les llamo nada la atención, lo que me hace sentirme más joven. Pero sentirme joven, para nada. Claro que no solo valoro la juventud, con la madurez tienes menos resistencia física, menos entusiasmo pero tienes experiencia, las cosas te asustan menos porque ya las has vivido y, por tanto, sabes cómo afrontarlas. JV.- ¡Por supuesto que lo soy! A mí las responsabilidades me abruman, es lo que menos me gusta de la madurez. Sigo llevando el niño pequeño y tímido que siempre quiere jugar, soy algo infantiloide y lo cultivo porque me gusta. Seguiré siendo un niño a los 80 años.
Jesús, me dijo Pedro Zerolo (miembro de la ejecutiva del PSOE e histórico activista gay) en una entrevista que él se había casado por lo que supone de referente. ¿Te casaste porque era necesario?
JV.- Me casé porque es la figura jurídica que mejor protege a una pareja, y yo quería tener toda la cobertura legal con Roberto. Simplemente para disfrutar y gozar de todos los privilegios y derechos que gozan las parejas que se casan. He vivido con otras parejas episodios muy desagradables, y he conocido casos espeluznantes de otras parejas, amigos a los que han echado a la calle como perros y a los que la familia ha dado la espalda. Yo quiero que si pasa algo Roberto esté protegido legalmente.
Como si le hubiesen pitado los oídos por hablar de él, curiosamente en este momento aparece Roberto, su marido, y parece muy alegre. A Jesús se le aviva la cara y, tras darle un beso, mirarse ambos de forma muy cómplice y hacer alguna broma, Roberto nos dice a Lucía y a mí que sólo quería saludarnos y que no quiere molestar.
Lucía, ¿Aprendes algo de los personajes de tus novelas?
LE.- Sí, porque tú trabajas con tu subconsciente y, por tanto, el personaje acaba contándote cosas de ti. Porque aunque sea otra persona eres tú quien escribe, y le vas a hacer actuar con tus armas. Muchas veces ves una reacción del personaje que tú no esperabas y te das cuentas de que era algo que no habías arreglado con tu subconsciente y el personaje te lo ha sacado.
Dos de tus últimos libros, Un milagro en equilibrio y Ya no sufro por amor, tienen un denominador común: la dependencia emocional. ¿Os consideráis dependientes de vuestras parejas?
LE.- Soy dependiente emocional pero me estoy quitando. Eres adicto a un tipo de relaciones, y repites, y cuando se te acaba una te metes en otra. Pero es porque vivimos en una cultura que ensalza un amor muy sacrificado.
JV.- Yo creo que un poco lo somos todos porque estamos instalados en la misma cultura y sin quererlo tendemos a eso. Pero si tienes suerte y la otra persona no se aprovecha de tu dependencia, la cosa funciona. Pero sí que he estado enganchado emocionalmente muchas veces y he repetido historias de dependencia quizás por repetir patrones de conducta que había visto desde pequeño. Roberto y yo somos medianamente dependientes y no abusamos el uno del otro.
La pasión, ¿cuánto dura?
LE.- Según los antropólogos, tres o cuatro años. Cualquier mamífero no tiene relaciones para toda la vida. Como nosotros somos civilizados y no vivimos en la selva podemos crear otros lazos, pero si no hay amistad, u otras cosas en común, no hay nada que hacer. El sexo salvaje mantiene una pareja como mucho tres o cuatro años.
JV.- Lo que es la pasión incontrolada y salvaje no dura mucho, pero creo que se puede reinventar, se pueden explorar nuevos campos en el erotismo, en la sexualidad, en la vida en pareja… porque cuando eres fiel, a los cuatro años ya te conoces hasta la última célula del cuerpo de tu pareja y, por tanto, es importante empezar a darle vidilla, a utilizar instrumentos, posturas, espejos, música… Todo es válido y necesario. Con la postura del misionero no ya al tercer año sino al tercer polvo estás aburrido. Hay que crear otros lazos, que son los que realmente te dicen si puedes aguantar muchos años con tu pareja. Al final no dejas de hacerte su mejor amigo, y tu pareja es tu cómplice y tu confidente, y quien te aguanta los marrones, los malos rollos, las crisis. Y eso es lo que pones en la balanza. Con Roberto llevo cinco años, es la primera vez que he superado la barrera de los tres, y de momento va bien. Ya os contaré, porque dicen que a los siete años hay otra crisis.
¿Es necesaria la fidelidad para una pareja?JV.- La fidelidad es una elección y no un valor. No creo que estemos tan condicionados genéticamente, lo estamos, pero precisamente lo que nos diferencia de los animales es que podemos luchar contra esos condicionantes y elegir. La elección de ser fiel tiene unas gratificaciones y quizás unos inconvenientes, pero si te pesan más las gratificaciones pues eliges la fidelidad. Quizás en esta visión hay mucho de cultura, ideas que nos han metido en la cabeza. Yo lo prefiero, porque las relaciones que he tenido en las que uno de los dos éramos infieles e incluso cuando hemos pactado libremente ser abiertos, no me han funcionado y me han traído muchos más problemas que la satisfacción del momento del polvo.
LE.- Pero, ¡¡¡¿¿ se puede ser fiel siendo Jesús Vázquez??!! (ríe mucho). Con la fidelidad hay un condicionamiento cultural muy, muy grande y, por tanto, la otra persona se puede sentir terriblemente herida, pero es por el condicionamiento cultural y no tanto por la infidelidad en sí. A partir de los tres años con tu pareja es muy difícil ser fiel. A mí no me molesta tanto si mi pareja me cuenta que ha estado con otra persona. A mí me afectan las deslealtades. Entiendo que la gente es humana y que puede tener una debilidad, lo que no entiendo tanto es que te insulten, o que te miren el móvil, o que cuenten cosas íntimas de ti a otras personas.
Retomo la pregunta de Lucía: ¿Se puede ser fiel siendo Jesús Vázquez?
JV.- Es otro mito, te cuelgan el cartel del supuesto “sex simbol” que dicen que soy y no es así realmente. Si sales una noche a ligar a lo mejor ligas pero es que eso tampoco tiene valor. Y muchas veces no ligas porque la gente se pone tan nerviosa y hace unas cosas tan raras, que se te corta todo el rollo. Y piensas: “Seguro que esta persona no es así, no habla así, no se comporta así normalmente”. Yo tengo amigos muy conocidos que ligan sólo con extranjeros porque sienten que sólo los extranjeros se comportan de forma natural. La gente que te conoce de verte en la tele adopta un papel.
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EN ELLA SÍ QUE HAY TOMATE

La primera vez que coincidí con Carmen Alcayde fue en un San Juan de hace dos veranos, una fiesta en la que se marcó todas las rumbas y bailes que quiso. Es una chica que se ha ganado no sólo la simpatía de casi toda la espectacular audiencia de Aquí Hay Tomate (algo no tan fácil: recordad que es un programa muy criticado y que Jorge Javier Vázquez, copresentador del programa, no cae lo que se dice “del todo bien”) sino también la de sus compañeros de Telecinco. Lo sé porque, antes de entrevistarla, llamé a algunos colaboradores de la cadena y todos me respondían más o menos lo mismo: “Es una chica estupenda, siempre está contenta, de buen humor, en maquillaje, en el plató, en la redacción, y suele tener palabras agradables cargadas de ánimo y aliento para todo el que se tropieza con ella”. Cuando la contacté por primera vez para preguntarle si podía entrevistarla, le mandé una larga misiva y utilicé mis mejores dotes de persuasión. Al momento me escribió un mail que decía: “Supongo que no soy la primera que te dice que haces honor a tu nombre. Gracias por tus piropos (todos ciertos, je, je) y por las ganas que le pones a convencerme. Me ha encantado lo de ‘me están presionando’, de verdad, te imaginaba sudando la gota padre mientras te gritaban en un cuartucho… ‘¡¡¡¡¿¿Pero, lo hace o no??!!!!!, tienes 24 horas, si no lo consigues serán tus 24 últimas horas de contrato!!!’, ja, ja, ja. Sé lo difícil que debe resultar convencer a la gente de que mola y todo eso… y es por eso que he decidido que….. EN BREVES MOMENTOS LA RESPUESTA…”; a los dos minutos llegó a mi bandeja de entrada su segundo mail: “LA RESPUESTA ES… SÍ. Como ves tengo deformación profesional y mi vida es u continuo cebo. Me has caído simpático. Un beso y gracias por tu interés”.
A la mañana siguiente me llamó por teléfono para preguntarme algunas cosas y así fue cómo, a los 15 días, un sábado (el único día de la semana que ella podía, puesto que presenta un programa diario), nos encontramos esta chica valenciana y yo en una taberna del barrio de Salamanca. Era la una de la tarde y Madrid una inminente promesa de buen tiempo. El sol primaveral brillaba tras días de lluvia y frío, de falso invierno. Carmen Alcayde llegó sola en su fantástico coche al lugar de nuestra cita, independiente como la mujer de hoy que es, alegre como un pajarillo, cercana como una amiga.
-¿Qué tal estás? -fue lo primero que le pregunté-. Muy bien, siempre he sido una persona bastante feliz, aunque ya no tenga la inocencia de los 20 años. Hay gente que a los 15, o a los 18, o cuando sea, se encuentra con grandes dramas en la vida, pero no es mi caso; yo he vivido siempre en las nubes, y ahora estoy en un momento personal y profesional muy bueno, aunque creo que la felicidad plena no existe.
Que Alcayde se encuentra feliz es evidente, pues se le nota en su mirada sincera, en su sereno tono de voz, en su permanente sonrisa. No le faltan motivos: presenta el programa de televisión de mayor audiencia en estos momentos, tiene una casa dentro de una urbanización en la que puede jugar al paddle, uno de sus hobbies preferidos, está locamente enamorada de su marido. “Llevo con él desde los 20 años y nunca hemos perdido la pasión; desde el día en que le conocí hasta hoy todo es exactamente igual; somos muy apasionados, optimistas, alegres, amigos, libres. Pero a la vez muy diferentes en otros aspectos: yo soy muy idealista, muy soñadora, él es muy pragmático. En esto nos complementamos”, contaba con el embobamiento propio de los que creen haber encontrado a su media naranja. Defiende con ganas el programa en el que trabaja, programa puntero del corazón actual.
-Marujear de los demás hace que marujeemos menos de nosotros. La gente se ríe, critica… Y no creo que hagamos tanto daño como dicen. Creo que la envidia hace que se hagan muchos juicios de valor poco pensados. Yo siento que trabajo en el mejor programa de televisión que hay actualmente-, me contestó cuando le pregunté si no era, a veces, excesivo en sus contenidos.
-Si estuviera en la mesa de al lado sentada comiendo Isabel Pantoja, ¿qué pasaría?
-No lo sé, pero quizás le diría que se riera un poco más de todo. Sí creo que la perseguimos mucho, pues como ella quedan pocas. Dice “yo pasaré a la historia” y tiene razón. Reconozco que el encuentro sería bastante tenso.
-¿Te consideras dotada para hacer un programa “más serio”?
-Es fundamental que cada cual ocupe el lugar que le corresponde, y yo creo que se me da mejor hacer reír. Aunque capacitada me siento para todo, por supuesto.
- ¿Te ves presentando el Tomate dentro de 5 años?
- Sí, por supuesto. Me gustaría compaginarlo con otro programa, hacer otras cosas, escribir otro libro, pero ya somos una gran familia, tenemos muy buena química y me encuentro super a gusto, la verdad.
- ¿No se te ha subido el ego? Le suele suceder a muchas presentadoras…
- Mira, el día que me dijeron que iba a ser presentadora del Tomate salí al plató y les dije a todos los allí presentes: “Sólo espero estar a la altura de vuestro trabajo”. Me ha curtido mucho haber trabajado en televisiones locales como redactora, reportera, montando vídeos, en la calle… Ello hace que tenga presente en todo momento quiénes están detrás del programa, y que el triunfo no es gracias a mí, sino a todo el equipo. Que mi éxito es posible gracias a los redactores, a los de producción y al encargado de recoger los cables.
-Pero, ¿no crea la fama una imagen ficticia de las personas?
- Sí, porque mucha gente no se comporta delante de la pantalla como realmente es. Hay quien idealiza a la gente que ve por la tele, y es porque estás maquillada, bien peinada, vestida de una forma determinada…, lo que condiciona tu imagen. Y luego porque hablas a través de un guión, porque yo no soy tan graciosa ni tan elocuente ni sé tanto de corazón como parece. Mis amigas me dicen que yo soy la misma de siempre. Claro, aunque siempre tienes que estar ojo avizor, pues lo que te llega de los demás es que “eres la mejor, la más guapa y la más graciosa”, etcétera. Tengo la suerte de que mi director hace que tengamos los pies en la tierra.
- ¿Te gusta ser famosa?
- Yo creo que el principal handicap de mi trabajo es la fama. Me encantaría ir por la calle tranquilamente y pasar inadvertida entre la multitud. Lo que sí me gusta es que me reconozcan mi trabajo. Los presentadores necesitamos el aplauso continuo, y una mala crítica me sienta muy mal. Claro que la fama también tiene cosas buenas, ¿eh? Te permite acceder a mucha gente, conocer a los actores en los estrenos y que te hablen de tú a tú. Que yo me encuentre a Santiago Segura y pueda saludarlo me parece un lujo.
En ese momento, y sin dejar de hablar, nuestra protagonista le pide al camarero otras dos raciones. Pero, aunque come bien (“¿has visto cuánto como?”), tiene a sus 34 años una silueta envidiable. Su primer libro publicado por la editorial Espejo de Tinta, Treintañeras, es un ensayo novelado en el que cuenta las graciosas experiencias (y ocurrencias) de un grupo de amigas que ya han sobrepasado la barrera de los treinta, y ya la están animando desde varias editoriales para que escriba otro.
Además de jugar al paddle, le gusta hacer yoga, tomar cañas con los amigos, bailar y estar con su marido. Cuando terminamos de hablar, tras más de hora y media de conversación, abrió su cartera y decidió invitar ella, rotunda y generosa. Insistí en que no lo hiciera, pero no me dejó espacio para la réplica. “Cuando ganes lo mismo que yo, entonces me invitas tú”, me dijo, y sólo entonces sonreí agradecido.
ENTREVISTA CON PEDRO ZEROLO (fotografía de Jorge de Miguel)
Mientras hablábamos en su despacho noté en él la ilusión propia del que tiene ideales por los que luchar y la fortaleza de los que son muy apasionados. Para este hombre de pelo hecho a base de pequeñísimos rizos negros que hacen que su físico sea inconfundible, la lucha por la igualdad real de los homosexuales supone una guerra voluntaria a la que ha decidido dedicar su vida. Tras pasar su niñez y primera juventud en Tenerife, donde se hizo abogado (“en realidad siempre quise ser médico para ayudar a los demás”), voló a Madrid, donde continuó su desesperada e interminable batalla contra la homofobia, primero desde el Colectivo de Gays de Madrid (COGAM), después como presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGT), y ahora como concejal en el Ayuntamiento de Madrid y desde la Ejecutiva socialista. Acaba de unirse en matrimonio con Jesús Santos, su pareja desde hace más de 10 años, y con él desea formar “una familia numerosa”. Dicen algunos que Pedro Zerolo siempre repite la misma canción, y puede que tengan razón. Pero, ¿qué importa? Su canción es demasiado buena para que uno se canse de escucharla.
P. ¡Por fin eres un hombre casado! ¿Más feliz ahora?
R. No ha habido ningún cambio en nuestra relación, hemos vivido el matrimonio como parte del proceso revolucionario en el que hemos estado inmersos como militantes. Nos hemos casado por lo que supone de referente y por concluir parte de la lucha por la igualdad; ahora hay que seguir luchando por la igualdad material y social. La ley ha reconocido nuestra dignidad. Esto conlleva tener los mismos derechos, los mismos deberes, y con los mismos nombres. Si se llaman de forma distinta es apartheid.
P. ¿Para cuándo los hijos?
R. Es necesario que transcurran seis meses desde la boda para iniciar los trámites. Ambos queremos formar una familia numerosa, darnos a otros, nos gusta compartir y el compromiso con los hijos, que es más profundo y de mayor generosidad, incluso, que el que se asume con la persona amada.
P. Tendréis algún secreto para llevar juntos más de 10 años. En los tiempos que corren no es muy habitual…
R. Complicidad, pulso sexual y admiración por el otro. [Me muestra orgulloso una fotografía, inmensa, de ambos, en la que se les ve muy enamorados].
P. El día de tu boda, dijiste: “Éste es un amor irrecurrible”. ¿Acaso no tienes un poco de miedo a lo que pueda decir el Tribunal Constitucional? ¿Y al retorno del PP al poder?
R. Mi lucha ha sido la de vencer el miedo, y ya lo hemos conseguido hace mucho tiempo. En todo caso, no creo que el TC pueda fallar en contra de la ampliación de derechos y del principio de igualdad. Y, si el PP vuelve a gobernar, no derogará la ley, entre otras cosas porque muchos de ellos estarán ya casados.
P. Convence a un/una joven de 20 años, que vive en una ciudad pequeña, y cuyos padres son muy conservadores, a salir del armario.
R. Le diría que hay que vivir como uno piensa y no pensar como uno vive, y que merece la pena pagar el precio que supone vivir en libertad; que luche por ser él/ella y que, en cuanto uno empieza a caminar por esa senda, ya es irreversible, porque comprueba que vivir la vida viéndola es la mejor manera de estar aquí.
P. ¿No puede un homosexual vivir siempre dentro del armario, incluso casarse con una mujer, y ser feliz?
R. Si uno renuncia a manifestarse tal como es al final acaba castrándose la vida y termina no siendo feliz. Por lo que no puede hacer felices a los que le rodean.
P. Pero tú has tenido novias.
R. ¡Muchas! Me supe homosexual siempre y ocurre que, como vivimos en un mundo homófobo, siempre hay una huida hacia delante para apurar hasta el final la posibilidad de que no seas homosexual. Porque, claro, sabes la que se te viene encima, y por eso intentas tener relaciones con chicas… Cuando me di cuenta de que era imposible ir en contra de la naturaleza, de algo tan natural como la homosexualidad, inmediatamente di el paso y salí del armario.
P. ¿Qué opinas del outing?
R. Siempre he estado en contra de lesionar la libertad de cada cual de manifestarse de la forma que quiera, y he luchado precisamente por cambiar la mentalidad social, convenciendo con razones, para que luego los homosexuales libremente salgan del armario.
P. Dices que es posible ser homosexual y de derechas pero no gay y de derechas. Esto cómo se come.
R. Es la misma relación que existe entre feminismo y mujer: todas las feministas son mujeres pero no todas las mujeres son feministas. Qué es ser gay y ser feminista: ser militante de ideas que abonan un discurso de cambio, un discurso revolucionario, que no coincide con las ideas de los partidos de derechas. Son las ideas de izquierdas, digan lo que digan algunos, las que han cambiado e iluminado el mundo.
P. En tus discursos, siempre agradeces mucho a las mujeres.
R. Las mujeres siempre nos han dado solidaridad y apoyo, pues ellas mismas también son una realidad discriminada. La discriminación produce para los discriminadores el efecto perverso que es la solidaridad y el apoyo entre los discriminados. Mujeres madres, hermanas, amigas, compañeras de trabajo, mujeres periodistas, que fueron las primeras que nos abrieron los medios de comunicación cuando nadie nos quería ni ver, y las mujeres políticas de izquierdas, que nos abrieron los partidos de la izquierda española. Los hombres heterosexuales han ayudado mucho menos, en el último momento.
P. ¿Puede llegar a ser Chueca como un micromundo del que algunos homosexuales no quieren salir? ¿Hay gays que viven demasiado encerrados en un mundo exclusivamente gay?
R. Ser homosexual no es suficiente, pues los seres humanos somos un cúmulo de cosas, y no sólo eres homosexual. Chueca desde su inicio y aún ahora bombea libertad y diversidad; todo Madrid debería ser como Chueca. La situación que me planteas, puede que exista, pero en cualquier caso, también hay, por ejemplo, ricos que sólo se relacionan con ricos. Significaría que hay gente que se siente insegura fuera de un determinado medio. A mí eso me resulta empobrecedor, yo tengo un círculo muy heterogéneo, pero debe existir libertad para que cada cual elija su destino. A mí los guetos no me gustan pero mi reflexión es que no se hable de guetos sólo cuando se hable de homosexuales u otras realidades discriminadas… ¡también es un gueto la Moraleja y nadie lo dice!
P. La manifestación que convocó el Foro de la Familia contra los matrimonios homosexuales, que fue apoyada por el PP y por la Iglesia Católica. ¿Hizo daño a los gays?
R. No. Es bueno que salieran a la calle, para que la sociedad vea que esos sectores siguen existiendo. Son los mismos que se opusieron a la despenalización de los anticonceptivos, a la ley de interrupción voluntaria del embarazo, a la de reproducción asistida o a la investigación con células madre. Defienden un modelo en el que sólo caben ellos. Su hipocresía radica en que luego usan esas mismas leyes, como la ley del divorcio. En el Gobierno de Aznar había ministros que se habían casado y divorciado tantas veces como un actor de Hollywood.
P. Leí que dijiste que algún día la jerarquía eclesiástica pediría perdón a los homosexuales, ¿lo sigues manteniendo?
R. Al final, a destiempo, la Iglesia pedirá perdón a los homosexuales, lo que pasa es que va con mucho retraso. La jerarquía de la Iglesia católica sigue haciendo mucho daño a los homosexuales con determinados comentarios y aseveraciones, no en la defensa de las palabras de Jesús de Nazaret, sino cuando trata de imponer una serie de creencias que no son las del pueblo de Dios.
P. ¿Qué produce en ti la lectura de esta noticia? [Le muestro un recorte de El País, con fecha 24 de noviembre, cuyo titular reza así: “Irán ahorca a dos hombres por mantener relaciones homosexuales”].
R. Auténtico terror. La homosexualidad es perseguida en la mayoría de los países, en muchos está tipificada como delito, y en otros tantos se condena a muerte a los homosexuales sólo por el hecho de serlo. Hemos hablado con el Gobierno para que interpongan la denuncia oportuna ante el Gobierno de Irán.
P. ¿Tienes amigos de derechas?
R. Muy pocos, me gusta estar rodeado de gente que tiene una visión del mundo parecida, no coincidente. Tengo algún amigo conservador pero ninguno que me niegue. Yo no puedo ser amigo de alguien que piensa que no debo tener los mismos derechos que él.
P. Tengo una amiga lesbiana que siempre dice que ellas lo tienen mucho peor que los hombres homosexuales.
R. Las mujeres siempre lo tienen peor, porque van añadiendo discriminaciones. Doble discriminación, por ser mujer y ser lesbiana, y si además es negra y magrebí, no te quiero contar. Además, los homosexuales hemos recibido también una educación machista, por lo que también pueden discriminar a las mujeres.
P. Defiendes mucho a los homosexuales que tienen mucha pluma. Algunos gays consideran que la imagen que dan, en ocasiones, perjudica al colectivo. R. Viva la pluma, siempre la he defendido, pues es una manifestación de la libertad. Cada persona tiene su pluma, lo malo es que se utiliza también para discriminar. Normalmente, quien critica la pluma de algunos, son aquellos que no han salido del armario. Además, cuando comenzó el movimiento de liberación homosexual, en Stonwell en el 69, los que se enfrentaron por primera vez a la policía fueron aquellas personas que más pluma tenían, o los transexuales… Por eso siempre les he defendido, porque son los que han dado la cara. El homosexual de chaqueta y corbata no ha defendido nunca a los homosexuales. Para mí la pluma no es sinónimo sólo de identidad, sino también de valentía.
P. Palabras como maricona, maricón, o locaza, o similares… ¿Siempre ofenden o sólo según el contexto en que se digan?
R. Algunas según el contexto, pero otras, aunque he intentado positivarlas, no lo he conseguido porque tienen tal carga de homofobia y se siguen escuchando con tal saña cuando se pronuncian que me resulta imposible. La palabra maricón, por ejemplo, me trae a la memoria demasiado sufrimiento como para poder positivarla. Me vienen demasiadas imágenes de gente que ha sufrido. Hay que tener en cuenta que aún hoy los chicos y las chicas homosexuales sufren en los colegios por la burla y la agresión de muchos compañeros y esa burla y esa agresión tiene mucho que ver con las palabras. Cuando estás de vuelta de todo, tienen poca importancia, pero cuando te estás abriendo camino, pueden hacer mella en tu autoestimay llegar, incluso, a situaciones como la del suicidio. Dentro de los jóvenes, el índice de homosexuales que se suicidan es mayor que el de heterosexuales, y ahí tiene mucho que ver la homofobia que aún existe. Y lo políticamente correcto hace que al menos no la percibas continuamente.
P. Supongo que, en el Ayuntamiento, alguna vez te cruzarás con Ana Botella. ¿Le has dicho ya si eres pera o manzana?
R. Ja, ja, ja. La tengo justo enfrente. Algún castigo tenía que tener en vida (bromea). Lo cierto es que cuando la veo se me ilumina la cara, porque durante mucho tiempo he defendido que no es lo mismo ser de derechas que de izquierdas, porque algunos dicen “ya da igual ser de derechas o de izquierdas, lo que importa es la gestión”; cuando veo a la señora Botella constato una lucha personal. Ella está ahí defendiendo un modelo donde sólo caben los suyos, y al otro lado estamos otros que defendemos otro en el que cabemos todos, incluida ella.
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CAYETANA DE LA VEGA VERSUS MÓNICA ESTARREADO
La mañana, gélida como el hielo pero limpia como la primavera, llegaba a su fin y Mónica Estarreado, hoy protagonista de este post, había aparcado su coche en un parking de una céntrica calle de Madrid. “Qué hambre tengo, ¿podemos picar algo? Es que he estado rodando toda la mañana”, dijo, y a continuación nos adentramos en una pequeña y nada glamourosa taberna (“ésta es perfecta”). Al camarero, un hombre de mediana edad y de aspecto soñoliento, no le dio tiempo a entregarnos la carta porque Mónica, mujer de ímpetu volcánico, actriz de belleza morena y contundente, se decidió inmediatamente por una caña y un simple montadito de lomo.
Mientras se lo comía tuve unos minutos para examinar su rostro: un rostro soberbio, duro, pero no del todo, porque dejaba adivinar una singular delicadeza. Los labios y la nariz parecían contorneados por un alguien muy detallista y sus húmedos ojos negros, acuosos, transmitían esa sensibilidad propia del actor. Sensibilidad y ternura quizás. La conocimos hace años por el culebrón televisivo El Súper, y pronto el cine la reclamó para En la ciudad sin límites, película de Antonio Hernández por la que recibió buenas críticas. Ahora, como sabrán, la tenemos a diario en el papel de Cayetana de la Vega, una de las protagonistas de Yo soy Bea, la serie de Telecinco de mayor audiencia de la actual parrilla televisiva. Muchos de los espectadores que la siguen consideran que Cayetana es una mujer mala. “Pero no lo es. Simplemente es guapa, inteligente y tiene un cargo profesional importante. Es ambiciosa y una mujer de carácter, claro, pero no es mala; nadie le ha regalado nada, todo lo ha conseguido gracias a su esfuerzo. Solo que se repite una vez más el tópico: la guapa es la mala y la fea es la buena. Considero algo estúpido creerse los estereotipos. Cayetana se mueve por amor, un amor equivocado y no correspondido, eso sí, pero amor al fin y al cabo. Si hay alguien malo en la serie, para mí es Álvaro, ¿no crees?”, aclaraba al tiempo que se atusaba el cabello, un pelo muy negro, brillante y ondulado (“de pequeña lo tenía liso como una tabla de planchar”) que casi le roza la cintura.