¿De qué tiene miedo? De dragones y gigantes que puedan vencerme.
No, en la vida real… Hablo de la vida real.
Permítame formularlo de otro modo. De todas sus experiencias, ¿cuál ha sido la más alarmante? La trágica muerte de mi hermano. Y la de mi abuela. Los dos murieron en una antigua casa que tenían mis padres, un piso enorme de un edificio muy antiguo en el que vivíamos papá, mamá, mi hermano, mis tres hermanas, mi abuela y yo. Mi abuela tenía muchos nietos, pero ella no ocultaba sus sentimientos: todo el mundo sabía que sus preferidos éramos mi hermano y yo. Aunque su debilidad por nosotros podría estar relacionada con el hecho de que él fue el primero que tuvo y yo el último, en realidad creo que éramos sus preferidos porque nos unían extrañas afinidades. Y eso que mi hermano y yo no nos parecíamos en nada. O sí, porque ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que éramos mucho más parecidos de lo que yo pensaba. En realidad compartíamos una sensibilidad casi exacta por las cosas y por las personas, y por el cine. Él escribía poesía, y yo escribo crónicas, entrevistas, cuentos. Él también iba al cine una vez por semana. La verdad es que si me detengo a pensarlo unos minutos me doy cuenta de que mi hermano y yo nos parecíamos mucho, muchísimo. Si nos diferenciamos en algo es porque él era cien mil veces mejor persona que yo, y esto no lo digo por decir, lo digo porque es la verdad. Sólo que le costaba demasiado trabajo vivir. En cuanto a mi abuela, era una mujer fuerte, física y psíquicamente. Divertida y cariñosa como un bondadoso y travieso muchacho. Los últimos siete años de su vida no pudo hablar, lo que la desesperaba bastante. Sin embargo, esta circunstancia no impedía que yo la entendiera perfectamente. Cuando me quería contar algo no parábamos hasta que yo conseguía entenderla. Conmigo se partía de risa, en serio. Muchas veces, cuando yo le explicaba cosas que me habían sucedido rompía a reír como si fuera una adolescente que atraviesa la edad del pavo. ¿Cosas futuras? Me dan un poco de miedo algunas (ojo, no quiere decir que no desee que ocurran): que mi amigo Paco se eche pareja para siempre. O pensar en el día en que Estrella abandone Madrid. Que disminuyan progresivamente las visitas de mi blog y yo no conozca el motivo. ¿Sabe? Algunos días me preocupo por muchas cosas a la vez. Mi trabajo, por ejemplo. A veces me pregunto: ¿Me abandonará el periodismo y tendré que reinventarme dedicándome a otras cosas? Que me desprecie alguna de las personas que necesito, o que a Lola le surja una oportunidad laboral en otro lugar de España distinto de Madrid. Que mi familia no comprenda mi forma de entender la vida.
¿Qué cosas sabe hacer? No demasiadas. La pregunta es muy amplia, poco concreta, pero le contaré lo primero que se me venga a la cabeza. Desenvolverme en un encuentro con todo tipo de personas. Sacar temas de conversación incluso con la persona más tímida del mundo. Contar anécdotas de forma divertida. Dejar las cosas claras cuando es necesario. Escuchar. Esto es muy importante: sé escuchar, y conversar. También sé escribir, periodísticamente hablando, razonablemente bien. Sé contar mentiras piadosas y beneficiosas para todos sin que se me note. Gestionar diferentes asuntos al mismo tiempo. ¡Ah! Soy muy veloz escribiendo sms, nadie puede ganarme. ¿Y qué cosas no sabe hacer? Bailar. Dividir no sé, y restar me cuesta demasiado trabajo. Mentir sobre cosas importantes. Montar muebles para la casa comprados en Ikea, o hacer agujeros en la pared. Decir que no, me cuesta mucho decir que no a alguien que me haya pedido algo por favor.
¿Qué cosas le gusta hacer? Esconderme en la cama a las nueve de la noche de cuando en cuando. Leer un libro con el móvil apagado. Escribir en un banco del parque (en verano) o en uno del metro (en invierno). Comprar varios periódicos los domingos por la mañana. Estar solo. Me gustan las bibliotecas, y mi preferida es la del Ateneo de Madrid, sólo que cuando voy tengo que entrar disimuladamente, con decisión, haciéndome pasar por socio. Estar con mis amigos en cualquier contexto, por supuesto. Hablar con ellos durante horas. Los típicos tópicos: cine, arrastrar la suela del zapato por el mundo, la música. Otra cosa que me encanta es celebrar el año nuevo por todo lo alto.
¿Tiene usted algún lema? Creo que sí. Sería “optimismo inteligente”. En realidad es el título de un libro que leí hará unos diez años, un ensayo que por entonces me recomendó encarecidamente una amiga. Del mismo no recuerdo sino que lo escribieron un hombre y una mujer, y el título. Yo creo que expresa muchas cosas. Entiendo que si estamos condenados a vivir en esta jungla de promesas rotas que es la vida no podemos hacerlo sino con optimismo inteligente. Es la única manera de no estar todo el tiempo con el ceño fruncido.
Hace algún tiempo trabajó usted en una agencia de noticias, ¿qué me dice? Aprendí muchísimo. ¿Sabe? No es por presumir, pero le contaré una cosa. Hicimos una prueba de redacción unas doscientas personas. Más tarde, los preseleccionados tuvimos que pasar por una entrevista. El jefe de la selección, un hombre de mediana edad cuyo pelo parecía cubierto por fina nieve, un prominente cargo de la susodicha agencia, me dijo:
–He de decirle que su redacción ha sido valorada como una de las tres mejores. Enhorabuena, señor Cañete.
En la agencia tuve que hacer de todo (cultura, espectáculo, sucesos, investigación) pero lo que recuerdo con mayor horror fue la cobertura del juicio en la audiencia contra los asesinos de Sandra Palo, una chica con problemas mentales que no sólo fue violada, vejada, maltratada, atropellada por un coche una y otra vez. A continuación, los asesinos, cuatro niñatos psicópatas (tres de ellos menores de edad), la rociaron con gasolina y la quemaron. Tengo en mi memoria archivados con calidad fotográfica momentos del proceso en los que la madre de Sandra Palo, una mujer que lleva lógicamente destrozada desde que su hija murió, perdía el control de sí misma y se deshacía, literalmente, en gritos y sollozos. Con este juicio fue cuando razoné por primera vez que el ser humano puede llegar a ser tan maligno como el propio diablo. Y que, por eso, hay que volar por la vida con una chaqueta antibalas. También tuve que cubrir ruedas de prensa de políticos de Ferraz y de Génova, y me quedé espantado con los trapicheos que se traían unos y otros con sus periodistas de cabecera. Cubrí incendios, malos tratos a mujeres, navajazos en plena calle, escándalos financieros, estrenos de cine y de teatro. Y la pasarela Cibeles, en la que me divertí, aunque no sea un apasionado de la moda.
¿Dónde más ha trabajado? He dado clases particulares desde los doce años. Me recorrí durante meses todas las calles de Sevilla haciendo buzoneos para una empresa. De adolescente cuidé niños, pero reconozco que esto no lo volvería a hacer. Solo me entiendo bien con los niños que ya han cumplido los ocho años y antes, si estoy solo con ellos, me pongo hiper nervioso, incluso cuando son buenos. En Escocia fui kitchen porter durante casi medio año. ¿Qué no sabe lo que es ser kitchen porter? Consiste básicamente en fregar a mano los enormes cacharros que se utilizan en las no menos grandes cocinas de los restaurantes. En el que yo presté mis servicios, concretamente, pertenecía a un hotel, un cuatro estrellas en el que se celebraban muchísimas bodas. Eso era lo peor, cuando había boda. También teníamos que pasar todos los platos por gigantescos lavavajillas. Y había que limpiar, al final del día, toda la cocina. Sin duda, el peor trabajo de cuantos he conocido. Pero no me arrepiento: a mi compañero de trabajo, un veinteañero con problemas mentales, le cogí mucho cariño. Era un tipo generoso. Recuerdo que un día me invitó a una pinta. Cuando terminamos de trabajar, me preguntó, con los ojos muy abiertos y su habitual tartamudeo: Do you want a beer? Yo respondí que sí, y él se puso super contento. De mi trabajo en el Queen Hotel también guardo buenos recuerdos de mi cheff, un hombre de unos cuarenta años rebosante de salud y simpatía. Conmigo guardaba todo tipo de favores. Supongo que, simplemente, yo le caía bien. Gracias a él descubrí lo buenos que están los bocadillos con chorizo y mayonesa. He trabajado en más sitios, pero no quisiera aburrirle. Fui durante un año pasante en un despacho de abogados. Sí, por increíble que resulte, estuve a punto de hacerme abogado.
Dice que antes de estudiar Periodismo estudió Derecho, ¿Por qué lo hizo? Mire, yo hasta los veinte años más o menos andaba igual de perdido que ET el extraterrestre en el planeta tierra. Simplemente, miraba la vida pasar. No tenía formado un criterio de las cosas propio porque ni siquiera me conocía a mí mismo. Y por eso estudié Derecho, cosa de la que me arrepiento profundamente.
¿Ha trabajado en algún otro sitio como periodista? Colaboré, antes de estudiar la carrera de Periodismo, en un diario de provincias. Recién llegado a Madrid trabajé como redactor en la página web de wanadoo. He organizado y llevado la prensa de varios eventos musicales y estuve en el gabinete de comunicación de una editorial de prestigio. He publicado, mientras estudiaba, sin cobrar un solo euro, en todas las gacetas universitarias habidas y por haber. Hoy, además de escribir para algunas revistas, trabajo para una escritora de la que me empapo como una esponja y para una asociación feminista que me ha enseñado, por ejemplo, cómo de importante es tomar conciencia de lo que significa el nacer con un sexo que marca la pequeña diferencia y sus grandes consecuencias.
¿A qué aspira en la vida? No tengo grandes aspiraciones. Yo solo pretendo poder vivir con lo que ahora mismo tengo. Si me dijeran: “¿Firmarías un documento en el que conservarías de por vida tus actuales trabajos y tus selectas amistades, sabiendo que no seguirías evolucionando en tu carrera?” Contestaría, sin dudarlo, con otra pregunta: “¿Dónde hay que firmar?” Y es soy consciente de que, a pesar de los nervios y de todos los tomates en los que me meto, soy muy afortunado: mi vida me divierte, tengo amigos en los que puedo confiar ciegamente, mi trabajo me gusta mucho porque me permite seguir aprendiendo y vivo en el centro de Madrid, lugar en el que quise vivir desde que tomé conciencia de la vida. ¿Sabe? Simplemente, yo no soy de esas personas que se quedan en zapatillas acurrucadas en el sofá con la mantita y el mando de la televisión.
¿Y por qué no tiene pareja?¡Ya me gustaría! Pero no es una cuestión que me preocupe. Soy de los que pienso que el ochenta por ciento de las parejas que existen se sostienen por un intercambio de necesidades: mucha gente siente por dentro un terrible miedo a la soledad. Yo tengo tendencia a la melancolía, pero no soy una persona que no pueda estar sola. Todo lo contrario: me siento cómodo conmigo mismo. Claro que no podría vivir ni cinco minutos si no tuviera un solo amigo. Me considero bastante individualista, aunque sea políticamente incorrecto decir algo así. Algún día tendré pareja, pero será atípica. Simplemente, iremos a nuestro aire.
¿Cuál es su espectáculo preferido? Observar con cuidado los increíbles y variados comportamientos humanos.
¿Ha pensado alguna vez en el suicidio? Truman Capote, en una autoentrevista que publicó en su libro Música para camaleones, un encuentro novelado consigo mismo cuyas preguntas me han servido de inspiración para completar esta sección de mi blog, se hizo esta misma pregunta. Respondió: “Desde luego. Como todo el mundo, menos el tonto del pueblo, posiblemente”. Luego añadió: “Yo no tendría el valor de hacer lo que él hizo (se refería al escritor japonés Yukio Mishima, que se suicidó)”. Yo no estoy de acuerdo con mi admirado Truman: no es que no tenga valor, simplemente es que me gusta la vida. Y no le doy más que el valor que para mí tiene: la importancia justa. Por eso estoy completamente a favor, por supuesto, del aborto, pero también de la eutanasia, incluso por encima de los supuestos de enfermedad terminal y dolores insoportables y progresivos. Entiendo esta vida como una posibilidad que se nos brinda, no como una obligación que pueda devenir tormentosa. Jamás compartiré la idea de “en esta vida hay que sufrir para luego alcanzar la felicidad en otra mejor”. Hay que sufrir, claro, pero no todo el tiempo.
Pero, ¿cree en Dios o, al menos, en algún poder superior? Me encantaría. Pero no tengo fe verdadera. Yo creo que en el momento en que uno duda un poco ya no tiene fe verdadera. Y conozco a muy pocas personas que no duden sobre si Dios existe y todo eso. Siempre he considerado super injusto que unas personas tenga fe y otras no. Vivir con fe me parece más fácil o, cuanto menos, más esperanzador. ¿Le he contado que mi abuela, católica cristiana de toda la vida, me confesó antes de morir que había perdido toda su fe?
Si existiera una vida futura, ¿en qué le gustaría reencarnarse? No lo tengo muy claro pero me parece que no eligiría ningún ser humano. Ser persona es a veces demasiado complicado. Quizás en un mono feúcho que viva en la selva. Cualquier animal que pase desapercibido estaría bien. O en un perrito cuyos dueños sean una idílica y rica familia con chalet de gran jardín.
Si le concedieran uno de sus deseos, ¿cuál eligiría? Ya se lo he explicado todo en otra respuesta: tener la seguridad de que no me faltarán nunca mis amigos y de que podré seguir dedicándome al periodismo.
¿Qué es lo que más valoras de las personas? Admiro a la gente que vive y deja vivir, sin juzgar ni esperar demasiado de los demás. No soporto a aquellos que esperan odiosas y egoístas contrapartidas por los favores realizados.
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